
H. Cd de Chihuahua.- Lo positivo de la crisis que estamos atravesando es el hecho de que deja en evidencia el colapso moral que hemos dejado avanzar e incluso propiciado desde nuestra apatía para involucrarnos en los temas que en todo sentido deberían tener toda nuestra atención.
En nuestro contexto político y social actual, resulta obvia la intensidad con la que el régimen mexicano corre a las faldas ideológicas más dañinas y relativistas que dan paso a lo que cualquier civilización con sentido común habría rechazado por su absurdo.
Viven y propagan un relativismo ético que convierten en su doctrina social, una religión de Estado que se contraría a sí misma cuando convierten en dogma lo que emana de ellos y vuelven odio todo lo que sea reflejado a la luz de la verdad.
En un régimen ideológico como este, no existe brújula alguna que apunte al Norte, al contrario, vaga sin principios, valores, jerarquías o la verdad objetiva; es un mal que se va deslizando -invisible para muchos- bajo el engaño de una falsa tolerancia e igualdad, pero que en realidad va matando poco a poco nuestra libertad.
No es de extrañar que el principal discurso aluda al odio, a la división, y haga lo posible por desviar la mirada y la razón de lo que es y debe ser.
Ya lo advertía Benedicto XVI al referirse en homilía a “La dictadura del relativismo”: Una dictadura que impone en silencio la posibilidad de votar por verdades que no deben ser votadas y que no dependen de contextos. Este es el peligro real.
Hay en todo ello, una estrategia política que destruye la verdad para suplantarla por un utilitarismo desmedido en nombre “del progreso y de la justicia social”.
Son los frutos obvios que resultan del silencio y la apatía, que, sin darnos cuenta, se instalaron poco a poco obligándonos a creer que “tomar una postura moral es la verdadera imposición, o que tener principios y defenderlos es fanatismo y que hablar la verdad es discurso de odio”, para imponer, en cambio, una obediencia ciega.
Sin embargo, aunque pudiera parecer que representan el fin, son en realidad la oportunidad perfecta de voltear a ver lo que de verdad importa.
Nos une todos los puntos para entender que la batalla no es entre partidos políticos o simplemente cultural, sino que tiene un peso mucho mayor que trasciende más allá de lo que parece no ser evidente, y, sin embargo, obvio.
Que la libertad solo es posible cuando se vive en la verdad.
Por tanto, no hay más cabida para cobardías, sutilezas o ambigüedades. Ya no hay lugar para la tibieza social. Es el momento justo, exacto, de regresar al enfoque y no perderlo de vista, porque ahora que no tenemos nada más que perder, tenemos mucho qué ganar.

