En Ciudad Juárez ya sabemos que el poder se reparte como los frijoles mal cocidos: unos quedan duros, otros aguados, y ninguno sirve para alimentar la gobernabilidad. Pero lo del alcalde Cruz Pérez Cuéllar ya raya en tragicomedia, le dejo a usted los tres actos:
Primera escena tragicĂłmica: el edil manda otra cartita respetuosa, esta vez a la Aduana de MĂ©xico pidiĂ©ndole, por favorcito, que quiten las barreras de concreto que convierten el regreso de El Paso en un vĂa crucis vehicular digno de penitencia de semana santa. ÂżResultado? Silencio sepulcral. Ni acuse de recibo, ni “estamos en eso”, ni un “ya te avisamos”. Nada. Las barreras siguen ahĂ, haciendo que 80 mil juarenses diarios pierdan horas de su vida en un embudo que parece diseñado por un ingeniero con doctorado en sadismo.
El alcalde gobierna, sĂ, pero en sus ratos libres, porque aquĂ, donde deberĂa mandar, manda cualquiera… menos Ă©l. Recordemos que incluso lo pidiĂł hace meses con los retenes militares de las entradas a la ciudad; tampoco le hicieron caso. Ahora lo pide con la aduana. Y otra vez: silencio. Es como si el alcalde estuviera gritando dentro de un frasco cerrado: se le oye, pero nadie le pela. Y eso, en polĂtica, no es falta de respuesta; es una respuesta muy clara: no importas.
Segunda escena, aĂşn más humillante: el secretario de Seguridad PĂşblica Municipal, CĂ©sar Omar Muñoz, confiesa con esa sinceridad que da pena ajena que la SecretarĂa de Seguridad y ProtecciĂłn Ciudadana federal (la de Harfuch) “opera por su propia cuenta” en Juárez. TraducciĂłn: llegan, montan operativos, catean, detienen, y al municipio nadie le avisa.
El alcalde tuvo que subirse al aviĂłn, volar a la CDMX y prácticamente arrodillarse ante Omar GarcĂa Harfuch para rogarle: “Órale, jefe, cuando menos avĂsame para que no parezca que aquĂ no pinto nada”. ÂżNo deberĂa ser al revĂ©s? ÂżNo deberĂa ser la federaciĂłn la que coordine CON el alcalde y no A PESAR del alcalde?
Pero no: en Juárez, el municipio es el convidado de piedra al que le avientan las migajas de información cuando les da la gana. Lo que está pasando es simple: Cruz gobierna un municipio que otros operan como si fuera terreno federal. Él es alcalde… pero sólo de lunes a jueves y con previa autorización.
Y tercera escena, la del pastelazo, el momento humorĂsitco: mientras el alcalde batalla por ser escuchado en temas de vida o muerte cotidiana (seguridad, movilidad, agua), la bancada del PT en el Congreso Federal (sĂ, esa misma donde milita la diputada por Juárez Lilia Aguilar) presenta una iniciativa para que el Estado mexicano tenga su propio medio de comunicaciĂłn: radio, periĂłdico, televisora… y hasta ¡producciĂłn de novelas!
SĂ, leyeron bien: quieren que el gobierno haga telenovelas. ImagĂnense la escena: Lilia Aguilar caracterizada como Catalina Creel, con parche en el ojo y voz engolada, protagonizando “Cuna de amlos”, “Angelitos morenos” “La traiciĂłn de los fifĂs” o “Amor en tiempos de la 4T”, donde el galán es un militar constructor del Tren Maya y la villana una periodista neoliberal que termina arrepentida y abrazando el humanismo mexicano desde una curul en el senado.
Todo financiado con nuestros impuestos, claro, porque el pueblo “necesita contrarrestar la guerra mediática de los conservadores”. Un “medio estatal” que produzca telenovelas no es idea nueva, es el sueño húmedo de cualquier régimen que coquetea demasiado con el control narrativo. Porque una cosa es informar… y otra es quedarse con el monopolio de cómo se cuenta la realidad.
Mientras el alcalde de la ciudad más importante de Chihuahua no puede ni que le contesten el teléfono en la aduana o en la SSPC, los diputados del PT sueñan con tener su propio canal inspirado en Televisa de los ochentas, pero con presupuesto de Netflix.
En Juárez, Cruz PĂ©rez CuĂ©llar no es el rey; es el bufĂłn al que le piden que entretenga a la corte mientras los verdaderos señores feudales (federales) hacen y deshacen a su antojo, en momentos como estos, como se extraña al alcalde que corriĂł a la antigua policĂa federal con solo un chasquido de sus dedos. Y para colmo, los petistas se entretienen pidiendo telenovelas. Si esto no es la definiciĂłn perfecta de “el rey está desnudo”, ya no sabrĂa cĂłmo explicarle.
Porque aquĂ, en la frontera, hasta las barreras de concreto tienen más poder que el presidente municipal.
