Cuando las elecciones terminan, empieza la responsabilidad
La visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Chihuahua, acompañada por la gobernadora Maru Campos, dejó algo más que fotografías oficiales y discursos institucionales, exhibió una división que, a estas alturas, ya debería estar superada. En redes sociales no fueron pocos los comentarios que cuestionaban por qué se invitó a la mandataria estatal, como si el cargo dependiera de filias partidistas y no del mandato constitucional.
Hay que decirlo con claridad, las elecciones ya quedaron atrás. Los votos se contaron, las urnas se cerraron y los gobiernos se constituyeron. Insistir en la confrontación permanente no solo es estéril, sino profundamente dañino para una sociedad que exige resultados, no pleitos.
Chihuahua enfrenta retos enormes, agua, seguridad, salud, educación infraestructura, desarrollo económico y cohesión social. Ninguno de ellos se resuelve con descalificaciones ni con resentimientos acumulados desde la campaña. Se resuelven con acuerdos, diálogo y trabajo conjunto, justo lo que simboliza la presencia de autoridades de distintos signos políticos en un mismo acto.
Resulta preocupante que aún haya sectores que confundan la crítica legítima con el rechazo sistemático. Esa postura no construye, paraliza. Y peor aún, mantiene al estado atrapado en una lógica de “ellos contra nosotros” que ya no le sirve a nadie.
La política madura no se mide por quién gana una elección, sino por quién es capaz de sentarse a trabajar con quien piensa distinto. La visita presidencial fue una señal institucional clara, Chihuahua importa, más allá de colores y siglas.
Seguir atizando el resentimiento solo revela una cosa, hay quienes no han entendido que gobernar es sumar, no dividir. Y mientras algunos siguen peleando batallas que ya terminaron, el estado y el país necesitan avanzar.
Porque hoy, más que nunca, México no requiere trincheras… requiere acuerdos.
————-
Y Rivera?
Casi todos los días llegan las mismas quejas desde la máxima casa de estudios, edificios en condiciones precarias, aulas deterioradas, laboratorios sin insumos, materiales que no alcanzan y maestros que un día faltan y al otro también. No son rumores aislados ni exageraciones de pasillo; son señales constantes de un problema estructural que ya no puede seguir ignorándose.
A esto se suman las peleas internas entre directivos, disputas que poco o nada tienen que ver con la formación académica y que terminan pagando los estudiantes. Mientras los conflictos administrativos se multiplican, la calidad educativa se erosiona en silencio.
Lo más preocupante es la percepción generalizada de que el rector, Luis Alfonso Rivera, no ve ni escucha a la comunidad universitaria. Los estudiantes sienten que sus reclamos no encuentran eco, que sus voces se pierden entre agendas ajenas a la realidad del campus. La universidad parece avanzar, pero en otra dirección, lejos de quienes deberían ser su prioridad.
Una institución de educación superior no se mide solo por discursos, informes o eventos públicos. Se mide en el día a día, en aulas dignas, en maestros comprometidos, en laboratorios funcionales y en autoridades cercanas. Cuando eso falla, falla la esencia misma de la universidad.
Los jóvenes no piden privilegios; piden lo básico, condiciones para aprender, profesores presentes y autoridades que den la cara. Ignorar esas demandas no solo genera descontento, genera desconfianza, y esa es una grieta peligrosa para cualquier institución pública.
La universidad no puede convertirse en un espacio donde los problemas se normalizan y las quejas se archivan. Escuchar, atender y corregir no es una concesión, es una obligación. Porque cuando quienes dirigen dejan de escuchar, la educación deja de avanzar.
——————-
Las cuentas pendientes en la UACH
Hace ya varias semanas, desde aqui lanzábamos una pregunta sencilla y legítima ¿dónde quedan las ganancias por la renta de inmuebles de la UACH? Espacios universitarios que se utilizan para conciertos, eventos deportivos y espectáculos privados que generan ingresos importantes, no pocos pesos, que deberían tener un destino claro y verificable.
Hasta hoy, nadie ha salido a dar la cara. Ninguna explicación oficial, ningún informe público, ningún desglose que permita saber en qué se invierten esos recursos. El silencio, cuando se trata de dinero público o de una institución sostenida con recursos de todos, no es una respuesta aceptable.
La universidad no es un negocio privado. Cada peso que entra por la renta de sus instalaciones debería traducirse en mejores aulas, laboratorios equipados, mantenimiento de edificios y condiciones dignas para estudiantes y docentes. Más aún cuando, al mismo tiempo, se acumulan quejas por carencias básicas dentro del campus.
Resulta inevitable la contradicción, mientras se rentan inmuebles para eventos lucrativos, faltan insumos en laboratorios y se deterioran instalaciones. La pregunta no es capciosa ni malintencionada; es una exigencia de transparencia y rendición de cuentas.
Callar no disipa la duda, la agranda. Y en una institución formadora de profesionales y ciudadanos críticos, la opacidad es el peor mensaje posible. La UACH le debe a su comunidad una explicación clara y puntual. Porque cuando las cuentas no se aclaran, la confianza también se renta… y se pierde.

