
América Latina, ese continente que parece un péndulo eterno entre la euforia progresista y el conservadurismo retador, como si la historia se repitiera con diferentes acentos pero el mismo guion.
Mientras el norte –con Trump regresando a la Casa Blanca como un elefante en cristalería– arrastra a la región hacia una “derechización” que huele a nostalgia, el sur manda señales que resuenan como tambores de guerra fría ideológica. Chile, ese país que hace unos años parecía el laboratorio perfecto del progresismo millennial –con Gabriel Boric en La Moneda, una Constitución refundacional en marcha y promesas de “bienestar” escandinavo en los Andes–, acaba de dar un aviso brutal a los gobiernos de izquierda: el rechazo masivo a la nueva Carta Magna en el plebiscito del 15 de diciembre, con un 62% diciendo “no” a una propuesta que, aunque moderada respecto a la anterior, seguía oliendo a revolución desde arriba.
¿El resultado? Boric, con aprobación por los suelos (alrededor del 30%), ve cómo la derecha –encabezada por José Antonio Kast– se frota las manos para 2026. El aviso es claro y filoso: los progresistas que prometen el cielo, pero entregan inflación, inseguridad y polarización, terminan ahogados en su propia retórica. Argentina con Milei ya lo gritó: “¡Basta de izquierda gastadora!”. Brasil con Bolsonaro dejó la semilla. Colombia con Petro tambalea, Guatemala el mismo caso, El Salvador ama la derecha. Y ahora Chile, el “modelo” de estabilidad, confirma la tendencia: cuando el bolsillo duele más que el discurso de igualdad, el pueblo vira a la derecha sin pedir permiso.
Es la ola que Trump amplifica desde el norte: proteccionismo nacional, mano dura contra el crimen y el migrante indocumentado, y un “ya basta” a las agendas identitarias que parecen lujo para países en quiebra. ¿Lección para los progres de la región? No prometan lo que no pueden pagar, porque el elector no perdona la resaca.
Pero México, ¡ay, México!, siempre la excepción que confirma la regla se cuece aparte como un mole que nadie entiende la receta. Mientras el continente se derechiza con la gracia de un tsunami, aquí Morena –ese partido de izquierda que gobierna con mano de hierro y presupuesto de oro– no solo resiste la ola: la ignora con olímpica despreocupación. En Chihuahua, por ejemplo, cierran 2025 con más de 300 mil afiliados, superando con creces la meta de 250 mil que se pusieron como si fueran scouts recolectando insignias.
Ricardo Monreal, presume la cifra como trofeo: “Somos el partido más grande, más unido y más cercano al pueblo”. Traducción al morenista puro: seguimos reclutando bases como si las elecciones fueran mañana, porque en 2027 no solo defenderemos la presidencia, sino que barreremos Congresos locales, alcaldías y hasta gobernaturas que se nos resisten –como Chihuahua, donde Maru Campos aún pinta de azul pero se viste de guinda–.
¿Cómo lo logran? Con la maquinaria aceitada de los programas sociales que funcionan como afiliación automática: pensión para abuelos, becas para jóvenes, Sembrando Vida para campesinos –todo con el logo de la 4T grabado en la chequera–. Mientras la derecha latinoamericana resurge con discursos anti estatistas, Morena engorda su padrón con clientelismo disfrazado de justicia social.
No es que México sea inmune a la derechización; es que la izquierda aquí aprendió a comprar lealtades con presupuesto, algo que Boric o Petro no pudieron (o no quisieron) replicar. Resultado: mientras Chile rechaza constituciones progres, aquí Morena afilia a ritmo de tambora, preparando el terreno para un 2027 donde la oposición –dividida, sin líder y sin lana– parece condenada a ser extras en la película.
Y para cerrar con broche de oro –o de platino, porque el cinismo brilla–, nuestros honorables legisladores federales se despiden hasta febrero, con 50 días de vacaciones pagadas, como si el país fuera un crucero todo incluido y ellos los capitanes que merecen descanso después de… ¿qué exactamente?
El periodo ordinario terminó el 15 de diciembre, y no regresan hasta el 1 de febrero de 2026: Navidad, Año Nuevo, Reyes, Día de la Candelaria y lo que se acumule en fiestas patrias privadas. ¿Pida usted 50 días de vacaciones en su trabajo? Cuénteme cómo le va: probablemente con una carta de renuncia en la mano y un “gracias por sus servicios”.
Pero en San Lázaro y el Senado, donde los sueldos rondan los 150 mil mensuales, más bonos, dietas y fondos para “gestionar” a discreción, las vacaciones son sagradas. Argumentan que “trabajan en sus distritos” –léase: posan en ferias, cortan listones y reparten despensas con logo partidista–.
Mientras tanto, el país se cuece en sus jugos: inflación que no baja del 4%, inseguridad que cobra vidas diarias, economía que crece al 1% como tortuga coja, y reformas pendientes que duermen el sueño de los justos.
¿Urgencia legislativa? Ninguna, porque la mayoría morenista ya aprobó lo que quiso en tiempo récord: judicial con jueces sorteados, INE capado, Guardia Nacional militarizada. Ahora, a descansar. Ironía suprema: mientras Chile castiga a sus progresistas por no entregar resultados, aquí los nuestros se van de puente eterno sin que nadie les cobre factura. ¿Derechización a la vista? No en México: aquí la izquierda se atrinchera con afiliados, presupuestos y vacaciones eternas.
Al final, en este continente que vira a estribor, México sigue bogando a babor con la calma de quien sabe que el timón está atado con alambre de programas sociales. Chile avisa: el progresismo sin resultados caduca. Morena responde afiliando más. Y los legisladores… bueno, ellos ya están en la playa, brindando por el pueblo que paga la cuenta. ¿Tendencia continental? Sí, pero con excepción mexicana: aquí la ola no moja, porque el dique se llama clientelismo. Ojalá no reviente, porque cuando lo haga, las vacaciones serán para todos… menos para los que pagamos.
