Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
13 de enero 2026

El peaje de la vergĂĽenza; uniforme y plomo

Eran las 3:37 de la madrugada cuando cerrĂł la cajuela de su pick up doble cabina en Denver Colorado, con diez grados centĂ­grados bajo cero y un silencio que crujĂ­a. El aire quemaba los pulmones al respirar y el vapor salĂ­a de la boca como si cada bocanada pesara.
Adentro iban regalos sin envolver; algunos nuevos y otros usados, ropa y chamarrars nuevas para los hijos, dulces para los sobrinos, una pantalla plana para la madre, herramientas para el papá, tenis para los hermanos, nada ostentoso, todo ganado a pulso, y un equipaje lleno de sueños. El motor arrancó y, por unos minutos, el cansancio quedó atrás. Ese día no iba a trabajar. Ese día regresaba a casa.

Durante todo el año se levantó a las cuatro de la mañana.
No uno ni dos dĂ­as, todos.
Turnos largos, trabajos pesados, sueldos contados, humillaciones y limitaciones tragadas en silencio, tenia que hacerlo, tenia que ahorrar. No para vacaciones, no para lujos, no para fotos. Trabajó para volver en diciembre, para cruzar la frontera al revés, para ser visitante en su propio país.

El cruce fue rápido. El mensaje salió de inmediato,
“Ya estoy en México.”
“En dos días llego.”

El sabĂ­a que lo peor apenas comenzaba.

El primer retén apareció en la carretera, ya dentro del estado. Conos mal puestos, una patrulla atravesada, rifles colgando del pecho. Guardia Nacional.
“Documentos.”
“Oríllese.”
“Apague el motor.”

No había infracción. No había reporte. No había motivo claro. Solo la espera. El silencio. Las miradas largas al interior del vehículo. Uno de ellos revisó la cajuela. Otro hizo tiempo. Hasta que llegó la frase, dicha sin levantar la voz, como si fuera trámite administrativo.

—“¿Cómo nos arreglamos?”

La cantidad ya estaba establecida. No seria la primera vez. No era improvisaciĂłn. Siete mil pesos.
Sin recibo. Sin multa. Sin explicaciĂłn.

PagĂł.

No porque quisiera. Porque sabía que negarse podía significar horas detenido, el vehículo retenido o algo peor. Pagó con el dinero que no estaba destinado para mordidas, sino para la cena familiar, para los regalos, para los días que llevaba meses esperando…No era dinero para lujos ni para darse gustos.
Cada billete tenĂ­a nombre, tenĂ­a destino, tenĂ­a urgencia. Estaba contado, doblado con cuidado, guardado como se guardan las cosas importantes. No para gastar, sino para ayudar a los suyos.

Ese dinero habĂ­a nacido de madrugadas largas, de frĂ­o en los huesos, de jornadas que terminaban cuando el cuerpo ya no podĂ­a. Era comida que no se comprĂł, descanso que no se tomĂł, cansancio acumulado. No pesaba por la cantidad, pesaba por el sacrificio.

AvanzĂł.

Cincuenta kilómetros después, otro retén. Esta vez Fiscalía General de la República.
Mismo guion.
Mismo tono.
Misma extorsiĂłn.

—“Trae cosas de más.”
—“Eso se puede arreglar.”

Otra vez la mano extendida. Otra vez la mordida. Otra vez el silencio obligado. Ya no habĂ­a sorpresas, solo resignaciĂłn. El regreso a casa se habĂ­a convertido en un cobro por etapas, una ruta donde el paisano no es ciudadano, es cliente forzado.

Un doble, un triple impuesto, cobrado no por la ley, sino por el abuso. Primero los aduanales, después los retenes. los pagos se acumulaban por un mismo derecho: avanzar.

No era una contribución al país. Era una mordida repetida. Un castigo por traer efectivo, por regresar, por no querer problemas y por la urgencia de ver y abrazar a los suyos. Pagó más de dos veces por lo mismo, sin factura y sin defensa.

KilĂłmetro a kilĂłmetro, el dinero se fue reduciendo. No por gasolina. No por casetas. Por autoridades federales que aprendieron que diciembre es temporada alta, que los paisanos traen efectivo, que no se quejan, que no denuncian, que tienen prisa por llegar y miedo de quedarse.

No era mala suerte.
No eran “manzanas podridas”.
Era el sistema.

Mientras tanto, en la casa, las mesas se preparaban. Nadie sabía que el abrazo llegaría más caro de lo planeado. Nadie imaginaba que, antes de volver a ser hijo, padre o hermano, había que pagarle a la Guardia Nacional, a los Aduanales, a los estatales, a los municipales, a los de vialidad y a la FGR por el derecho a transitar.

Hoy, miles de paisanos cruzan carreteras donde la ley no protege, cobra!. Viajan preparados con viáticos, con regalos y con un guardado especial para las mordidas. Un ahorro no para emergencias, sino para sobrevivir a quienes portan uniforme, placa y arma.

Y lo más grave no es solo el dinero.

Es la normalizaciĂłn.
Es que ya se sabe.
Es que se acepta.
Es que se calla.

Porque en este paĂ­s, regresar a casa en diciembre no es un derecho garantizado.
Es un viacrucis administrado por instituciones federales, estatales y municipales que olvidaron para quién trabajan.

Y aun asĂ­, vuelven.

Porque el amor por la familia sigue siendo más fuerte que la extorsión, más fuerte que el abuso y más fuerte que este Estado podrido que, en lugar de recibirlos, los asalta en el camino.

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