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Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
23 de enero 2026

Déjà vu institucional, democracia con lupa y el reciclaje como estrategia

Hay escenas que en Ciudad Juárez se repiten con la precisión de un reloj descompuesto: marcan siempre la misma hora. Una de ellas ocurrió de nuevo esta semana cuando Rogelio Ramos apareció presuroso en la Presidencia Municipal para presentar —con sonrisa institucional y foto protocolaria— al nuevo director ejecutivo de la JMAS ante el alcalde. El gesto no es menor, pero tampoco es novedoso. Es, más bien, un déjà vu político: el mismo ritual, los mismos discursos de coordinación, la misma promesa de “trabajar en sinergia”.

Y aquí conviene hacer una aclaración que muchos políticos aún no entienden: a los ciudadanos no nos importan los colores, nos importan los resultados. El agua no sabe de partidos, las fugas no distinguen ideologías y los recibos no bajan por afinidad política. La pregunta no es si habrá buena relación institucional, sino si esa relación se traducirá en obras visibles, servicio eficiente y menos excusas. Porque Juárez ya está cansado de reuniones que solo producen boletines.

La JMAS es una de las dependencias más sensibles de la ciudad: maneja el recurso más básico, más escaso y más politizado. Si la coordinación anunciada se queda en cortesías y cafés, será solo otro capítulo de simulación. Si se convierte en decisiones técnicas, inversión real y planeación de largo plazo, entonces —y solo entonces— valdrá la pena el aplauso. Mientras tanto, prudencia: esta película ya la vimos.

En contraste, hay una noticia que, al menos en el papel, suena bien: la intención de que los regidores ya no lleguen por planilla, sino por votación directa. Es una vieja demanda ciudadana que apunta a mejorar la representatividad y romper con el modelo de “regidores de cuota”, esos que llegan sin que nadie los conozca y se van sin que nadie los recuerde.

La idea es correcta. El problema es la ejecución. Porque si hoy a duras penas los ciudadanos conocen a sus diputados locales, imagínese ahora tener que conocer, evaluar y comparar decenas —o cientos— de aspirantes a regidores. El riesgo es evidente: una democracia más abierta, pero también más caótica; más participativa en teoría, pero más confusa en la práctica.

Además, hay una pregunta incómoda que nadie quiere responder: ¿están los partidos listos para competir con perfiles reales, con trayectorias y propuestas, o seguirán postulando relleno electoral? Porque si el cambio solo sirve para multiplicar candidatos improvisados, financiados por nadie y apoyados por nadie, el experimento puede terminar fortaleciendo justo lo que quería combatir: el desinterés ciudadano.

La reforma es buena. El reto será evitar que se convierta en democracia de catálogo, donde se elige al menos malo por desconocimiento general.

Y hablando de partidos, Movimiento Ciudadano en Juárez vuelve a dar señales de vida. No porque haya construido cuadros propios, ni porque haya detonado una agenda local potente, sino porque suma perfiles reciclados y perdedores de otros partidos, en este caso del PRI. David Ramos y Manuel Alarcón se incorporan al proyecto naranja con la promesa implícita de sumar estructura y votos.

La pregunta es inevitable: ¿sumarán realmente o solo engrosarán la lista de buenas intenciones? Porque en Juárez ya hemos visto esta historia. MC recluta perfiles, los presume como “nuevos liderazgos” y, llegado el momento clave —campaña, tierra, recursos—, los deja solos, especialmente en el terreno económico. Mucho discurso de renovación, poca inversión real.

Movimiento Ciudadano enfrenta un dilema serio: o se consolida como una alternativa con músculo, estrategia y respaldo, o seguirá siendo una franquicia electoral simpática pero inofensiva en la localidad, útil para repartir candidaturas, no para disputar el poder. Los perfiles reciclados pueden aportar experiencia, sí, pero sin estructura y sin apoyo, solo sirven para llevar votos… a ninguna parte.

Juárez vive en una paradoja constante. Por un lado, se anuncian coordinaciones, reformas democráticas y reacomodos partidistas. Por el otro, los problemas de fondo siguen intactos: servicios deficientes, instituciones desgastadas y una ciudadanía cada vez más escéptica.

En esta ciudad, la paciencia es limitada y la memoria es larga. Aquí, el discurso dura lo que dura el boletín. Lo que permanece —para bien o para mal— son los resultados. Y esos, todavía, están por verse.

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