Si algo está quedando claro rumbo a 2026 en Chihuahua es que MORENA y el PAN no solo compiten por el poder: compiten con métodos radicalmente distintos. Mientras uno corre con el reloj adelantado y la maquinaria aceitada, el otro camina con cautela, dudas internas y una narrativa que todavía no termina de amarrarse. Y los demás, esos solo de relleno entran. PRI, PVEM y MC, a ver a quien se le pegan.
MORENA juega a definir temprano para dominar la conversación. El PAN, en contraste, parece esperar a ver qué ficha mueve primero su adversario. No es solo una diferencia de tiempos: es una diferencia de concepción del poder.
En MORENA, la palabra clave es control. Control del calendario, del discurso, de las encuestas y, en buena medida, de las lealtades internas. No hay inocencia en esa estrategia. La experiencia les enseñó que quien se posiciona primero no necesariamente gana la elección, pero sí condiciona el terreno donde se juega. Y eso, en política, vale oro.
El partido guinda no tiene un solo candidato oficial, pero sí tiene algo más efectivo: una narrativa dominante. La idea de que “todo ya está encaminado”, de que las decisiones llegarán desde arriba y que el margen para la disidencia es cada vez más estrecho. En MORENA no hay demasiadas sorpresas; hay disciplina. Y la disciplina, aunque incómoda, suele ser funcional.
El PAN, por su parte, vive el proceso desde otro ángulo. No desde el control, sino desde la oportunidad. Oportunidad de capitalizar el desgaste del gobierno federal, de explotar los errores de MORENA y de vender la idea de que el ciclo guinda no es eterno. El problema es que esa oportunidad todavía no se traduce en una ruta clara.
Porque mientras MORENA purga, ordena y define, el PAN discute. Discute perfiles, discute métodos, discute lealtades. Tiene estructura, sí. Tiene gobierno estatal, también. Pero carece de algo fundamental frente a su rival: certeza interna.
La comparación es inevitable. MORENA parece un ejército con mando único; el PAN, una coalición de tribus que todavía no decide si va a pelear unida o a resolver sus diferencias en plena batalla. Y en Chihuahua, donde las elecciones no se ganan solo con siglas sino con operación territorial real, esa diferencia pesa.
Hay otro contraste clave: el discurso hacia la ciudadanía. MORENA apela a la continuidad del proyecto, a la narrativa nacional, al “segundo piso” y a la idea de que el poder ya les pertenece por derecho histórico. El PAN, en cambio, apela a la recuperación: recuperar Juárez, recuperar la confianza, recuperar el orgullo. Uno habla desde el poder; el otro, desde la nostalgia y la promesa.
Pero aquí aparece la paradoja:
MORENA tiene el poder, pero empieza a cargar con el desgaste.
El PAN tiene el desgaste ajeno a su favor, pero no logra convertirlo en entusiasmo propio.
En la frontera, donde el votante es más pragmático que ideológico, esa diferencia será decisiva. La gente no vota por procesos internos ni por guerras de tribus; vota por quien parece saber lo que está haciendo. Y hoy, guste o no, MORENA transmite orden, mientras el PAN transmite expectativa.
Eso no significa que el resultado esté escrito. Significa que el punto de partida es desigual. MORENA estará desde este 2026 con candidato definido —o al menos con coordinador estatal ungido—, con estructura alineada y con narrativa clara. El PAN, si no corrige pronto, podría llegar con un candidato fuerte, sí, pero con un partido cansado de mirarse al ombligo.
Al final, la elección no será solo entre dos personas. Será entre dos formas de ejercer la política:
la anticipación disciplinada contra la incertidumbre negociada;
el control vertical contra la deliberación fragmentada;
la narrativa del poder contra la promesa de recuperación.
Y en política, como en el ajedrez, no siempre gana el que tiene mejores piezas, sino el que mueve primero y obliga al otro a reaccionar.
En Chihuahua, por ahora, MORENA lleva la iniciativa. El PAN todavía decide si juega a alcanzarlo… o si vuelve a llegar tarde a la partida.
