El caso de Javier Corral ya no parece expediente judicial: parece guion de telenovela mala. Con villanos reciclados, héroes de utilería y giros absurdos que solo se explican en un país donde el poder no protege a la ley, sino a los suyos.
Al inicio de esta Legislatura, Corral intentó jugar a la dignidad votando contra la iniciativa de López Obrador para desaparecer organismos autónomos. El gesto le duró lo que un discurso sin aplausos. Gerardo Fernández Noroña lo regresó a su realidad con una bofetada verbal que retrata mejor que cualquier sentencia el estado moral del régimen: “Apenas te integras al movimiento y ya mandas mensajes equivocados. Te salvaron de ir a la cárcel. Maru iba con todo. No seas malagradecido”.
Traducido: aquí no se viene a pensar, se viene a obedecer. Y se obedece porque se debe.
Noroña se refería al episodio en el que Corral fue rescatado ilegalmente por agentes de la Fiscalía de la Ciudad de México, frustrando una orden judicial girada por un juez de Chihuahua. La Fiscalía Anticorrupción estatal lo acusa de participar en un desfalco millonario. De senador “digno” a protegido del sistema, Corral entendió rápido el mensaje: se tragó el fuego ardiendo, guardó silencio y abrazó la impunidad como tabla de salvación.
Hoy, contra toda lógica jurídica, la fiscalía general de la República intenta atraer su expediente. No por amor a la justicia, sino por conveniencia política. Corral necesita desesperadamente que su caso salga de Chihuahua. Sabe que, si lo juzga la FGR, camina libre; si lo juzga la Fiscalía estatal, pisa prisión.
El reloj corre en su contra. La iniciativa de Claudia Sheinbaum para retirar el fuero a legisladores lo tiene en pánico. Sin esa coraza, queda expuesto. Por eso urge la atracción del caso. Y por eso Abelardo Valenzuela, fiscal anticorrupción de Chihuahua, tramitó un amparo que mantiene viva la carpeta en el ámbito local.
La ecuación es brutalmente simple:
—FGR: libertad.
—Fiscalía de Chihuahua: cárcel.
El gran perseguidor de Duarte, el arquitecto de venganzas políticas, hoy se disfraza de mártir. Habla de persecución política con el cinismo de quien convirtió la Fiscalía en arma personal. Persiguió, encarceló, humilló. Hoy suplica.
Su defensa no está en tribunales, está en micrófonos. En victimizarse. En gritar “perseguido” mientras se refugia bajo el manto del régimen. La justicia, en su caso, no depende de pruebas, sino de padrinos.
Y mientras en las alturas se negocia la impunidad, abajo arde la calle.
Ante la violencia en la frontera, el gobierno responde como en 2008-10, cuando fuimos la ciudad más peligrosa del mundo: con soldados. Llegan militares, patrullas verdes, comunicados solemnes. Cambian los sexenios, no la receta. Siempre que el Estado pierde control, manda uniformes.
La presencia militar tranquiliza en la foto, no en la raíz. Porque la violencia no se combate solo con botas: se combate con inteligencia, justicia, tejido social. Y de eso hay poco.
Por eso, entre tanta podredumbre, una noticia merece ser subrayada: la federación autorizó que FC Juárez desarrolle el proyecto en los terrenos del ex hipódromo. No es solo una ciudad deportiva de alto rendimiento. Es una oportunidad real de recomposición social a través del deporte, de espacios vivos, de identidad, de comunidad.
En una ciudad rota, el deporte no es entretenimiento: es contención, pertenencia, futuro.
Juárez necesita menos telenovelas políticas y más proyectos que reconstruyan. Menos senadores protegidos y más jóvenes ocupados. Menos impunidad y más esperanza tangible.
