
Parece que en este país el deporte nacional no es el béisbol, sino el “tiro al blanco” contra la lógica elemental. Mientras unos se empeñan en dinamitar lo que queda de las industrias que sí producen, otros se dedican a diseñar utopías de concreto sobre cementerios de casas abandonadas, todo esto aderezado con el eterno desfile de las ambiciones que no tienen llenadera.
Empecemos por el campo, o lo que queda de él. En Chihuahua, la ganadería —esa actividad que algunos parecen confundir con un pasatiempo de fin de semana, pero representa el 40% a nivel nacional— acaba de recibir otro “regalito” judicial.
¡Felicidades! Ahora, entre fallos de escritorio y visiones de oficina alfombrada, se le ponen más trabas a quienes insisten en la necedad de producir carne. Es fascinante cómo, desde la comodidad de una toga o un escritorio burocrático, se decide el destino de miles de familias y de un motor económico estatal. Al paso que vamos, terminaremos importando hasta el aire, porque aquí, proteger la productividad parece ser un pecado capital que merece el látigo de la ley. ¿Quién necesita vacas cuando tenemos tantas leyes estériles?
Pero no se preocupen, que mientras el campo agoniza, la “fiesta de la democracia” (esa versión barata de un carnaval eterno) ya está afinando las matracas. En el olimpo político nacional, se cocina una reforma electoral con un aroma sospechosamente autorreferencial.
Ahora resulta que la prioridad nacional es asegurar que ciertos nombres sigan brillando en las boletas, incluso en esas consultas que disfrazan de “voluntad popular” lo que no es más que una medición de ego y un aceitado de maquinaria.
Es tierno, de verdad, ver cómo se desviven por “democratizar” el sistema, siempre y cuando el sistema les garantice que no se van a ir nunca. Es la democracia del espejo: se miran, se gustan y deciden que el pueblo los necesita… quieran o no.
Y para cerrar con broche de oro esta antología del absurdo, bajemos a las calles de Ciudad Juárez. Aquí, donde el paisaje urbano ya está decorado por miles de viviendas abandonadas —monumentos al fracaso de planeaciones pasadas y nidos de todo menos de “bienestar”—, las mentes brillantes del centro del país han tenido una idea revolucionaria: ¡Hagamos 13 mil casas más!
Claro, porque lo que Juárez necesita no es rescatar el entorno urbano, dotar de servicios a las zonas olvidadas o entender por qué la gente huye de esas cajas de zapatos. No, lo que Juárez necesita es más cemento fresco dictado desde la CDMX.
Es el clásico “síndrome del escritorio”: se traza una línea en un mapa a miles de kilómetros de distancia y las autoridades locales, en un ejercicio de ceguera voluntaria y aplauso fácil, dicen que sí a todo. Es casi poético: construir nuevas ruinas antes de que las viejas terminen de caerse.
Al final, el guion es el mismo: un sector productivo contra las cuerdas, una clase política obsesionada con el poder perpetuo y una planeación urbana que parece diseñada por alguien que jamás ha tenido que tomar un camión o vivir en la periferia. Pero no se quejen, ciudadanos, que todo es por nuestro bien. Al menos, entre tanta ruina y tanto político en campaña, no nos faltará material para la tragicomedia diaria.
¡Salud por el progreso… o lo que sea que estén intentando vendernos hoy!
