
Transparencia UACH que no informa
Hace un tiempo, mediante solicitudes de información, se le preguntó a la Universidad Autónoma de Chihuahua qué se hace con las ganancias obtenidas por arrendar sus instalaciones. La respuesta, palabras más palabras menos, fue esta: “las ganancias obtenidas por el arrendamiento son ganancias obtenidas por arrendamientos y son los arrendamientos los que permiten esas ganancias”. Así, tal cual.
Un trabalenguas institucional que dice todo y no dice nada.
No hubo desglose, ni destino de los recursos, ni explicación sobre su impacto en la comunidad universitaria. Solo una respuesta circular que cumple con el trámite, pero evade el fondo.
La transparencia no debería ser retórica. Cuando una institución pública genera ingresos, la sociedad tiene derecho a saber en qué se usan. Porque responder sin informar no es rendición de cuentas, es simulación.
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Autonomía no es impunidad
La cosa se le complica al llamado “Rector UACHicol”. Ahora es el diputado Cuauhtémoc Estrada quien exige cuentas claras a la Universidad Autónoma de Chihuahua por las ganancias que obtiene al arrendar sus instalaciones, especialmente para eventos artísticos.
Y no es un capricho. Estrada lo dijo sin rodeos, la autonomía universitaria no puede confundirse con negarse a rendir cuentas. Nadie está emitiendo actos de autoridad; simplemente se está pidiendo transparencia. Lo básico.
Lo verdaderamente grave es que esos recursos no se ven reflejados con claridad mientras el rector Luis Alfonso Rivera anda tan campante, respondiendo con tecnicismos y trabalenguas administrativos, como si evadir explicaciones fuera parte del cargo. No es posible que una institución pública maneje ingresos y nadie pueda decir, con precisión, a dónde van.
Por eso ahora el tema se irá al Congreso. Porque cuando una universidad financiada con dinero público cierra la puerta a la información, deja de ser un asunto administrativo y se convierte en un problema político y ético. La autonomía no es patente de corso. Y la rendición de cuentas no es opcional.
Aquí el punto es simple, el dinero público debe verse, explicarse y justificarse. Todo lo demás es simulación. Y mientras tanto, el rector sigue sin responder lo esencial.
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Con careta, piel gruesa y grasa
Porque al final es justo ese perfil de funcionario, el que se pone la careta del poder, desarrolla piel gruesa y hasta grasa para que nada lo atraviese y todo se le resbale, el que termina provocando el hartazgo social. El que cree que la oficina es suya, que la universidad le pertenece y que los recursos públicos son de uso discrecional. El que escucha críticas como si fueran ruido de fondo y ve las exigencias ciudadanas como simples molestias.
Y no hablamos solo del enojo de estudiantes o académicos. Hablamos de una sociedad completa que ya está cansada de funcionarios blindados, que caminan campantes mientras evaden su responsabilidad, que responden con tecnicismos cuando se les piden cuentas claras y que confunden cargos públicos con feudos personales.
La gente no repudia a las instituciones. Repudia a quienes las secuestran. Repudia a quienes usan el prestigio de una universidad para esconder números, patear explicaciones y administrar el silencio. Repudia a quienes prefieren el confort del puesto antes que la obligación de rendir cuentas.
Porque gobernar o, dirigir una institución pública, no es aprender a que todo se resbale. Es dar la cara. Es explicar. Es transparentar. Y cuando eso no ocurre, la desconfianza crece, el enojo se acumula y la distancia entre autoridades y sociedad se vuelve un abismo.
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Punto Final
Desde aquí hacemos un llamado directo al rector Luis Alfonso Rivera que deje los rodeos, dé la cara y ponga los números sobre la mesa. La universidad no es patrimonio personal y los recursos no son privados, SON DE LOS ESTUDIANTES, transparente hoy, o ya explicara mañana por qué eligió el silencio y, tal vez no lo haga desde el confort de una oficina.

