
Cuando la razón ya no alcanza
Otra vez el IMSS. Otra vez una clínica acordonada. Otra vez agentes ministeriales. Y otra vez una familia rota, esta vez una familia tarahumara que llegó pidiendo ayuda y salió cargando una ausencia imposible de explicar, una bebé de apenas ocho meses.
Tal vez, y subrayemos tal vez, el diagnóstico médico sea correcto. Tal vez la menor ya no tenía signos vitales al momento de ingresar. Tal vez llevaba días enferma. Todo eso podrá quedar asentado en un expediente, con sellos, firmas y tecnicismos.
Pero hay algo que el IMSS perdió hace mucho tiempo y que ningún acta puede devolverle, la credibilidad social.
Cuando una institución acumula años de desdén, de trato frío, de miradas que juzgan más de lo que escuchan, la razón médica deja de ser suficiente. Cuando la empatía se vuelve excepción y no regla, la comunidad ya no confía. Y sin confianza, cualquier explicación suena a excusa.
Este caso duele más porque exhibe una herida vieja, la distancia brutal entre el sistema de salud y los más vulnerables. Una familia indígena que acude tarde, sí, pero también una familia que históricamente ha sido ignorada, minimizada y maltratada por instituciones que deberían protegerla. ¿Cuántas veces llegaron antes y no fueron escuchados? ¿Cuántas veces se les dijo “no es grave”, “espérese”, “regrese mañana”?
El IMSS puede insistir en que hizo lo correcto en el protocolo. Pero el problema ya no es solo clínico, es humano. La gente no desconfía por ignorancia; desconfía por experiencia. Por historias repetidas de indiferencia, por salas de espera llenas y corazones vacíos del otro lado del escritorio.
Cuando una institución pierde la empatía, pierde autoridad moral. Y cuando pierde autoridad moral, incluso la verdad se pone en duda.
Hoy no basta con decir que se investigará. No basta con desplegar ministeriales ni emitir comunicados fríos. Hace falta algo que el IMSS ha olvidado practicar, humanidad, cercanía, trato digno, especialmente con quienes llegan en desventaja social, cultural y económica.
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Cuando todos fallan, todos son responsables
En Chihuahua ya no se puede fingir sorpresa cada vez que el IMSS vuelve a ser escenario de dolor, negligencia o muerte. Lo verdaderamente escandaloso no es un caso aislado, es la normalización del desastre. Y esa normalización no es culpa de uno solo, es responsabilidad compartida.
Para que los chihuahuenses dejen de morir esperando atención médica, tienen que pasar cosas que hoy nadie quiere asumir.
Primero, los políticos tienen que dejar de usar al IMSS como bandera electoral y empezar a tratarlo como lo que es; una institución de vida o muerte. Menos discursos, menos giras, menos fotos, y más presión real para que haya presupuesto, personal suficiente, insumos y supervisión constante. El silencio legislativo también mata.
Los funcionarios deben entender que el escritorio no salva pacientes. Hace falta que bajen al hospital, que escuchen, que miren a los ojos a los derechohabientes y que respondan con nombre y apellido cuando algo falla. La opacidad, el “no me toca” y el “es un tema federal” son excusas gastadas que ya no alcanzan para tapar ataúdes.
Los empresarios tampoco pueden seguir volteando a otro lado. Si el sistema de salud colapsa, colapsa la fuerza laboral, colapsa la productividad y colapsa la economía local. Involucrarse no es caridad, es responsabilidad social real, exigir transparencia, apoyar equipamiento, levantar la voz cuando el sistema se cae.
Los medios de comunicación tenemos una obligación incómoda pero indispensable, no soltar el tema. No usar el dolor solo cuando hay rating, no bajar la guardia cuando se apaga la indignación en redes, no conformarnos con boletines fríos. Contar historias, incomodar, preguntar una y otra vez. Porque cuando los medios callamos, el sistema se acomoda.
Y los derechohabientes, cansados, dolidos y hartos, también tienen que organizarse, documentar, denunciar, acompañarse. El miedo y la resignación son aliados perfectos de la negligencia. Nadie debería enfrentar al sistema solo.
Si políticos, funcionarios, empresarios, medios y ciudadanos no se sientan, aunque sea por hartazgo, en la misma mesa, el resultado será el mismo, salas llenas, camillas insuficientes, diagnósticos tardíos y familias rotas.
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La soberbia también se equivoca
“Le sacamos 265 mil 027 votos de ventaja al PRIAN”.
Con esa frase, la senadora Andrea Chávez no solo presumió sus 861 mil 068 votos del 2 de junio de 2024; dio el primer paso para vender la narrativa de que ya es, en automático, la próxima gobernadora del estado. Y detrás de ese discurso aparece un nombre clave: Adán Augusto López, acelerado, ansioso y decidido a destapar antes de tiempo.
Adán Augusto parece empeñado en oficializar lo que aún no existe, primero candidata, luego gobernadora, bajo el argumento de que Andrea Chávez fue “la mujer más votada en la historia”. Un título rimbombante que suena bien en el micrófono, pero que se cae cuando se revisa el contexto completo.
En esa elección, el PRI y el PAN, por torpeza propia, sí, no tuvieron representantes de casilla en seis de cada diez casillas. Seis de cada diez. Un dato demoledor que cambia por completo el sentido del “triunfo aplastante”. Fue un error infantil de la oposición, pero sería todavía más infantil, o deliberadamente tramposo, fingir que esa ausencia de ojos azules y rojos no abrió la puerta a excesos.
Donde no hay vigilancia plural, solo vigila un color.
Y donde nadie observa, la tentación de “ajustar” números aparece. No es paranoia ni discurso opositor, es historia electoral mexicana.
Por eso el apresuramiento de Adán Augusto no fortalece a Andrea Chávez, la debilita. Porque intentar coronarla antes de tiempo, con cifras sin contexto y aplausos internos, convierte un resultado electoral en un acto de soberbia política. Una elección no se gana solo con votos contados, sino con votos cuidados. Y aquí, el cuidado fue desigual.
Presumir récords sin explicar las condiciones no es liderazgo, es arrogancia. Y la arrogancia suele ser el primer error de quienes confunden una coyuntura favorable con un mandato eterno.
De cara al 2027, en el PRI y el PAN hoy prometen no volver a cometer una pifia de ese tamaño. Juran representantes en cada casilla, vigilancia total y lecciones aprendidas. Dicen haber entendido, por fin, que las elecciones no solo se pierden en las urnas, sino en la ausencia.
El problema para Morena es otro, si el triunfo necesita ser inflado desde ahora, quizá no es tan sólido como lo quieren vender.
Y cuando el destape llega antes que la legitimidad, la soberbia termina cobrando factura.
Hasta ahí la dejamos… por ahora.
