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23 de febrero 2026

Juan Carlos Loera, La fractura anunciada | El concierto que no es regalo | La captura

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Juan Carlos Loera, La fractura anunciada

Primero, escucho. No invento nada. No supongo. No interpreto. Escucho al senador por Chihuahua, Juan Carlos Loera de la Rosa, advertir que Morena corre el riesgo de fracturarse. Y cuando un senador lo dice, no es una opinión cualquiera,  es una señal que viene desde el corazón mismo del movimiento.

Segundo, identifico el síntoma. Loera habla de “agrupamientos”, de grupos muy identificados, de diputados que caminan juntos bajo una misma lógica. En política, eso tiene nombre y apellido, tribus. No nacen por casualidad. Nacen cuando el poder empieza a tener fecha.

Tercero, conecto el antecedente. El propio Juan Carlos Loera de la Rosa pone el ejemplo del PRD. No es una comparación menor. Es el recordatorio de cómo un partido fuerte comenzó a dividirse desde adentro, no por la oposición, sino por la ambición interna y la formación de bloques cerrados.

Cuarto, observo el proceso en tiempo real. Hoy son agrupamientos. Mañana serán corrientes. Después vendrán los deslindes públicos, los mensajes disfrazados y los equipos trabajando más para ganar posiciones internas que para fortalecer el proyecto común.

Y quinto, entiendo lo inevitable, esto apenas comienza. Porque conforme el 2027 se acerque, el poder dejará de ser una idea lejana y se convertirá en un objetivo inmediato. Y cuando eso sucede, la unidad deja de ser una realidad y se convierte en un simple discurso.

No lo decimos nosotros. Lo dijo el propio senador Juan Carlos Loera de la Rosa. Y cuando las advertencias vienen desde adentro, no son ataques. Son avisos de lo que está por venir.

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El concierto que no es  regalo

Nos dicen que Shakira “regaló” su concierto. Pero la realidad es otra, su show cuesta alrededor de 40 millones de pesos. Ese es su valor. Ese es el precio real de su presencia. Y pretender que alguien que cobra esa cantidad lo hace por altruismo es insultar la inteligencia de la gente.

Basta con ver el Pais, para entender la indignación. Colonias con drenajes colapsados, calles convertidas en trampas, un transporte público insuficiente y un sistema de salud que sigue quedando a deber. Esa es la realidad diaria de miles de ciudadanos que no necesitan un escenario, necesitan soluciones.

Esos mismos 40 millones pudieron convertirse en kilómetros de reencarpetado, en clínicas mejor equipadas, en unidades de transporte nuevas o en obras de drenaje que cambian vidas. Pudo ser inversión útil, permanente y necesaria, no un espectáculo de unas cuantas horas.

Lo verdaderamente ofensivo no es la artista ni la música. Es la mentira. Es querer vender como “regalo” lo que claramente tiene un costo. Porque el dinero público no es un detalle ni un aplauso momentáneo. Es una responsabilidad.

El escenario se desmonta, las luces se apagan y el ruido termina. Pero los baches, el abandono y las carencias se quedan. Esa es la diferencia entre el espectáculo y la realidad.

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La captura

La captura de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no sería un hecho aislado ni un simple golpe policial. Sería un evento con consecuencias profundas, inmediatas y de largo plazo en la seguridad, la política y la estabilidad del país. En México, la caída de un líder criminal no significa el fin de la organización; significa el inicio de una nueva etapa, muchas veces más violenta.

Primero viene el vacío de poder.
“El Mencho” no es solo un líder simbólico, es el eje de control del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una de las organizaciones más violentas y expansivas. Su captura abriría una lucha interna entre mandos regionales por el control del cártel. Esa disputa no se resuelve en tribunales ni en oficinas, se resuelve con violencia. Ajustes de cuentas, traiciones y ejecuciones aumentan en cuestión de días o semanas.

Después aparece la fragmentación.
El CJNG podría dividirse en facciones. Eso ya ha ocurrido antes en México. Cuando se fragmenta un grupo criminal, no desaparece, se multiplica. Surgen células más pequeñas, más impredecibles y más violentas, que buscan demostrar fuerza para ganar territorio y legitimidad. Esto suele provocar un aumento temporal, y a veces prolongado, en homicidios y enfrentamientos.

El tercer efecto es la reacción territorial.
Los grupos rivales aprovechan el momento de debilidad. Cárteles como Sinaloa, o grupos regionales, intentarían recuperar plazas dominadas por el CJNG. Esto convierte ciudades enteras en zonas de disputa. Bloqueos, quema de vehículos, ataques a fuerzas de seguridad y terror para la población civil son tácticas comunes para enviar mensajes de control.

El cuarto impacto es político y mediático.
El gobierno presentaría la captura como un logro histórico. Y lo sería. Pero también vendría la presión para demostrar que no fue un golpe aislado, sino parte de una estrategia más amplia. La captura de líderes en México ha demostrado ser efectiva simbólicamente, pero insuficiente estructuralmente si no se desmantelan las finanzas, las redes de protección y la estructura operativa.

El quinto efecto es el reacomodo criminal.
El narcotráfico es un negocio, y los negocios no desaparecen con la captura de un director. Cambian de manos. Las rutas, el tráfico de drogas, el cobro de extorsiones y el control territorial continúan. El mercado ilegal sigue existiendo, y alguien siempre ocupará el espacio vacante.

Y finalmente, el efecto más importante, la prueba del Estado.
La captura de “El Mencho” no sería el final de una organización, sino el inicio de una prueba para el Estado mexicano. Si el gobierno logra aprovechar el momento para desmantelar toda la estructura, debilitar sus finanzas y recuperar el control territorial, sería un punto de inflexión histórico. Si no, será otro capítulo en un ciclo que México ya ha vivido, capturar al líder, ver fragmentarse al grupo y enfrentar una nueva ola de violencia.

En México, la caída de un capo no es el final de la guerra. Es el momento en que comienza la siguiente batalla.

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