Esta vez Pedro Torres se equivocó… y tendría que reconocerlo.
Burlarse del sombrero y las botas en Chihuahua no es cualquier cosa, es faltarle el respeto a la gente del campo. A los que trabajan, a los que producen, a los que sostienen mucho de lo que este estado es.
Aquí el sombrero no es chiste, es identidad. Y las botas no son adorno, son esfuerzo.
Por eso la respuesta de Saúl Mireles pesa, “orgullosamente sombrerudo chihuahuense”. Porque no habla de pose, habla de realidad.
En política se pueden muchas cosas, se puede contrastar y debatir, pero lo que no se puede es despreciar, burlar, mofar o ridiculizar lo que representa a miles.
Así que sí, Pedro Torres tendrá que hacer lo más sencillo y lo más digno, reconocer que se equivocó.
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Santiago no levanta
“Santiago está más cerca de lo que parece”, publicó Santiago de la Peña en sus redes, haciendo alusión a la clásica frase de los espejos retrovisores.
Y sí, la explicación está bonita, ingeniosa, hasta simpática. El problema no es la frase, es la interpretación, porque si bien, en los espejos los objetos sí se ven más cerca… pero es por que van atrás.
Y ahí es donde la metáfora empieza a hacer ruido, porque si hablamos de cercanía en las encuestas, el primer lugar, por lo que se ha visto, lo ocupa César Jáuregui. Entonces, por más que uno le mueva al ángulo del espejo, hay distancias que no se corrigen con percepción.
Capaz que el mensaje no era para alcanzar al puntero sino para no perder de vista al cuarto o al quinto.
Digo, cada quien se ubica donde puede, al final, todo bien con la creatividad en redes, pero la política no se gana con frases ingeniosas, se gana con números, y esos, aunque no parezcan sí dicen exactamente dónde estás parado.
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Y el bacheton?
Aquí no hay pierde, cada que llueve tantito, la carretera Juárez–Chihuahua se convierte en campo minado. Del kilómetro 110 al 105 y del 80 al 75 no son baches, son cráteres con derecho de vía. Después de que el gobierno federal salió con la gran solución, el famoso “bachetón”, que no es otra cosa más que una embarrada de chapopote para taparle el ojo al macho, un remedio exprés que dura menos que la lluvia que lo provocó.
Y ahí vamos todos, esquivando hoyos, tronando suspensiones, rezando para no dejar media llanta en el camino mientras las autoridades se cuelgan la medalla de que “ya atendieron” el problema. Atendieron sí, pero a medias, como siempre.
Aquí la bronca no es la lluvia, es la costumbre. La costumbre de hacer las cosas mal, de reparar con parches lo que necesita reconstrucción, de administrar el problema en lugar de resolverlo.
Y mientras tanto, el que paga es el de siempre, el ciudadano. El que usa la carretera, el que trabaja, el que mueve a Chihuahua y el que termina pagando, con su dinero y su seguridad, cada bache que el gobierno decidió no arreglar bien.

