
A la gente le vale un pepino su pleito
Que si la DEA, que si la CIA, que si la AEI…
que si Omar GarcĂa Harfuch en lo federal, que si Gilberto Loya Chávez o CĂ©sar Jáuregui Moreno en lo estatal, que si Donald Trump, que si Claudia Sheinbaum, que si la soberanĂa, que si se informĂł o no se informĂł, que si el laboratorio medĂa 800 metros o medĂa menos…
¡Qué espectáculo!
Una pasarela de nombres, cargos y egos tratando de colgarse la medalla o de aventarse la culpa, segĂşn convenga.
Unos gritan “intervención”, otros presumen “coordinación” y al final, todos tratando de llevar agua a su molino.
Mientras los polĂticos y funcionarios se enredan en el discurso, hay una realidad mucho más simple,
si hay menos droga en las calles, eso es lo que deberĂa importar.
Lo demás es ruido.
Porque dĂgame usted Âżde verdad cree que a una madre que perdiĂł a su hijo por las drogas o por la violencia le importa quiĂ©n firmĂł el papel?
ÂżLe importa si se respetĂł la soberanĂa o si hubo coordinaciĂłn internacional?
No.
No le importa en lo más mĂnimo.
Le importa que su hijo ya no está.
Le importa que nadie llegĂł a tiempo.
Le importa que, como siempre, la tragedia le tocĂł a ella, mientras otros discuten en micrĂłfonos, ganan escaparates y, eso sĂ, la soberanĂa queda intacta pero su hijo descansa en una tumba.
Mientras la polĂtica se pierde en tecnicismos, en discursos y en protagonismos, la realidad exige algo mucho más básico,
R E S U L T A D O S.
Menos droga.
Menos violencia.
Menos muertos.
Todo lo demás, los nombres, los cargos, las explicaciones, para la gente que vive el dolor todos los dĂas, le importa un pepino.
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La polĂtica del apodo
En la polĂtica mexicana hay una obsesiĂłn que parece no pasar de moda, etiquetar a la gente.
Ponerles nombre, apodo, mote, reducirlos a una palabra.
No para entenderlos, sino para acomodarlos en una caja.
Esta práctica se volviĂł rutina desde el poder cuando AndrĂ©s Manuel LĂłpez Obrador convirtiĂł tĂ©rminos como “fifĂs” “conservadores” o “chairos” en parte del discurso diario. No fue casualidad. Fue estrategia. Dividir para consolidar.
DespuĂ©s vinieron otros. Porque en polĂtica, lo que funciona, se copia.
Y hoy vemos el mismo libreto en voces más jóvenes, Andrea Chávez, que en lugar de elevar el nivel del debate, recurre a lo mismo, llamar “chihuahuitas”, hablar de “pitufos”, insinuar que aquà se vive en “aldea” y hasta bromear con cambiarse el tono de piel para encajar con los “clasistas”.
ÂżDe verdad ese es el nivel?
Porque una cosa es la crĂtica polĂtica, válida, necesaria y otra muy distinta es caricaturizar a la gente, convertir a los ciudadanos en etiquetas desechables para ganar aplausos fáciles.
El problema no es el apodo.
El problema es lo que representa.
Representa simplificaciĂłn.
Representa desprecio.
Representa una polĂtica que prefiere dividir antes que convencer.
Cuando un polĂtico necesita etiquetar al ciudadano, es porque no le alcanza el argumento, y lo más grave es que eso baja. Baja a la calle, a la conversaciĂłn diaria, a la familia y nos empezamos a ver como bandos, no como sociedad.
Hoy eres “chihuahuita”, ayer eras “fifĂ”, mañana serás cualquier otra cosa que convenga al discurso.
Y mientras tanto, los problemas siguen intactos, la inseguridad, la salud, la economĂa, esos no cambian con apodos.
Pero eso sĂ, el polĂtico ya se ganĂł su aplauso, su trending, su momento, aunque haya sido a costa de la gente, al final, etiquetar es fácil.
Gobernar… eso sà es otra cosa

