
DEL “IMSS Y NADA ES LO MISMO” A LA VISITA DE ZOÉ ROBLEDO ¿SE ATENDIÓ EL PROBLEMA O SOLO FUE UN MOTAJE?
Cuando un mensaje político logra exactamente lo que buscaba, provoca una conversación nacional, eso ocurrió cuando aparecieron los espectaculares con la frase “IMSS y nada es lo mismo”.
La frase generó indignación, debate y una respuesta inmediata, pero también abrió una pregunta que sigue sin respuesta, ¿el gobierno atendió el problema de fondo o simplemente reaccionó a la crisis de imagen?
La historia vale la pena contarla en orden:
Primero aparecieron los espectaculares y como era de esperarse, miles de personas se sintieron aludidas. Entre ellas, los trabajadores del IMSS, quienes expresaron con razón que no era justo meter a todos en el mismo saco. Y en eso hay que ser claros, médicos, enfermeras, camilleros, personal de limpieza, laboratoristas y trabajadores administrativos salen todos los días a hacer su mejor esfuerzo en condiciones que muchas veces ni ellos mismos eligieron.
No sería justo responsabilizar a quienes todos los días hacen su mayor esfuerzo por sacar adelante un sistema que desde hace años arrastra enormes carencias. Podrán ser “malacarientos”, pero hasta ahí.
Una cosa es defender a los trabajadores que cumplen con su deber y otra muy distinta es cerrar los ojos ante los problemas estructurales que durante décadas se han denunciado.
Después vino el pronunciamiento sindical. La organización exigió una rectificación pública y sostuvo que los trabajadores no forman parte de posturas políticas y que su prioridad es atender a los pacientes.
Hasta ahí, nuevamente, es un posicionamiento entendible.
Sin embargo, el sindicato también tendría que hacer una profunda autocrítica.
Porque cuando los ciudadanos hablan del deterioro del IMSS, no siempre señalan al médico que los atiende o a la enfermera que hace milagros con lo poco que tiene.
Muchas de las críticas apuntan precisamente a las estructuras de poder que durante años han sido señaladas por presuntas ventas de plazas, privilegios sindicales, prestaciones extraordinarias, denuncias por robo de medicamentos, protección a personal señalado y prácticas que, de comprobarse, han contribuido al enorme desgaste institucional.
Sería injusto cargar toda la responsabilidad a los trabajadores… pero también sería irresponsable fingir que esas denuncias nunca han existido.
Y entonces ocurrió lo más interesante de toda esta historia.
Llegó la visita del director general del IMSS, Zoé Robledo.
La versión oficial habló de recorridos, supervisiones y trabajo institucional.
Sin embargo, comenzaron a llegar testimonios de personas que estaban dentro del Hospital Morelos, relatos que describían una realidad muy distinta.
Nos hablaban de limpieza extraordinaria.
Elevadores funcionando.
Áreas impecables.
Camas que normalmente, según ellos, no aparecen por ningún lado.
Bancas nuevas.
Personal apresurado preparando instalaciones.
Todo listo para una visita de alto nivel.
Mientras tanto, las mismas personas aseguraban que apenas días antes había pacientes esperando durante horas e incluso días, familiares durmiendo en sillas y enfermos permaneciendo en pasillos o en el piso esperando atención.
Es importante decirlo con responsabilidad, estos son testimonios ciudadanos que reflejan su percepción y experiencia. Corresponde a las autoridades verificar cada uno de esos señalamientos.
Pero si esos testimonios describen correctamente lo ocurrido, entonces surge una pregunta inevitable ¿Por qué el hospital puede verse impecable cuando llega una autoridad, pero no todos los días para quienes realmente importan, los pacientes?
El verdadero usuario del IMSS no es el funcionario que realiza un recorrido de una hora, es el trabajador que cotizó durante toda su vida esperando recibir atención médica digna cuando más la necesitara, es la madre que pasa noches enteras acompañando a su hijo, es el adulto mayor que espera una consulta, es la familia que vive con la incertidumbre de no saber cuándo habrá cama, medicamento o especialista.
Si la visita sirvió para pintar paredes, mover camas, limpiar elevadores y esconder problemas, entonces el recorrido habrá servido para mejorar la fotografía, pero no necesariamente la realidad, y ahí es donde el asunto adquiere una dimensión política.
Resulta difícil no pensar que los espectaculares terminaron provocando exactamente lo contrario de lo que el gobierno esperaba, en lugar de desacreditarlos por completo, obligaron a reaccionar, obligaron a salir a defender al instituto, obligaron a realizar visitas, obligaron a mostrar un hospital perfecto… aunque fuera solo por unas horas.
La verdadera pregunta no es si los espectaculares tenían razón o no.
La verdadera pregunta es esta:
Si todo funciona tan bien, ¿por qué hubo necesidad de preparar el escenario antes de la visita?
Porque los ciudadanos distinguen perfectamente entre una supervisión auténtica y una escenografía institucional.
Los problemas del IMSS no desaparecerán porque un funcionario recorra un hospital impecablemente limpio.
Desaparecerán cuando ese mismo nivel de atención exista los 365 días del año, cuando ningún paciente tenga que esperar días por una cama, cuando no falten medicamentos, cuando las urgencias realmente funcionen como urgencias y cuando la calidad del servicio no dependa de quién viene de visita.
La salud pública no puede convertirse en un ejercicio de relaciones públicas, los derechohabientes no necesitan hospitales maquillados para una fotografía oficial, necesitan hospitales que funcionen igual de bien cuando no hay cámaras, cuando no hay discursos y cuando no hay visitas de funcionarios.
Al final, la mejor respuesta a cualquier espectacular nunca será una conferencia de prensa, será un hospital donde la gente salga diciendo: “me atendieron bien”.
Mientras eso no ocurra de manera cotidiana, cualquier recorrido oficial corre el riesgo de parecer más un intento por administrar la percepción que por resolver el problema.
Lo ocurrido durante la visita de Zoé Robledo no fue una revisión real de las condiciones del IMSS, sino una simulación cuidadosamente preparada, áreas limpias, equipo disponible, personal suficiente y una imagen muy distinta a la que enfrentan diariamente los derechohabientes. En otras palabras, un montaje al estilo de aquellos que durante años se le criticaron a Loret de Mola, una realidad fabricada para la cámara, mientras la verdadera quedaba escondida fuera del encuadre.
Y la verdad, la salud de millones de trabajadores mexicanos merece mucho más que eso.

