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24 de septiembre 2026
1:44 pm

EL MAYO YA ESTÁ CONDENADO; AHORA TIEMBLA LA POLÍTICA

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EL MAYO YA ESTÁ CONDENADO; AHORA TIEMBLA LA POLÍTICA

La cadena perpetua dictada en Estados Unidos contra Ismael “El Mayo” Zambada no representa solamente el final judicial de uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia. Puede ser el principio de un terremoto político cuyas ondas expansivas llegarán desde Nueva York hasta los palacios de Gobierno, fiscalías, cuarteles y oficinas partidistas de México.

Zambada fue condenado este lunes 20 de julio de 2026 a pasar el resto de su vida en una prisión estadounidense. Además, deberá enfrentar una orden de decomiso por 15 mil millones de dólares. Se declaró culpable desde agosto de 2025 y aceptó haber dirigido durante décadas una organización dedicada al tráfico internacional de drogas, el lavado de dinero, la violencia y la corrupción de autoridades.

Pero la gran pregunta no es dónde terminará sus días, la gran pregunta es: ¿qué sabe Estados Unidos gracias a él, a sus hijos, a sus operadores, a sus contadores y a los expedientes incautados durante décadas?

Conviene aclararlo, públicamente no existe confirmación de que El Mayo se haya convertido en testigo cooperante ni de que haya recibido beneficios por entregar políticos. Su principal acuerdo fue evitar la pena de muerte, concentrar sus procesos en Nueva York y conseguir que las demás acusaciones fueran desestimadas después de la sentencia. La cadena perpetua era obligatoria.

Sin embargo, una cosa es no aparecer formalmente como “testigo protegido” y otra muy distinta es que su caso no haya producido información.

El Mayo admitió que su imperio necesitó durante décadas protección oficial. El propio Departamento de Justicia asegura que la organización sobrevivió gracias al pago de sobornos a funcionarios y policías mexicanos, desde agentes locales que escoltaban cargamentos hasta servidores públicos que filtraban operaciones militares, frustraban capturas y advertían al cártel sobre investigaciones en curso.

Ahí está la verdadera bomba, un narcotraficante puede mover toneladas de cocaína, heroína, metanfetamina y fentanilo, pero no puede operar durante más de cuatro décadas sin aeropuertos, carreteras, aduanas, policías, militares, ministerios públicos, alcaldes, gobernadores, empresarios y operadores financieros que decidan no verlo.

El Mayo no construyó únicamente un cártel, construyó relaciones de poder, y Estados Unidos no necesita necesariamente que Zambada suba a un estrado y señale con el dedo a cada político. Puede reconstruir esas relaciones mediante transferencias bancarias, propiedades, llamadas, reuniones, archivos, testimonios cruzados, colaboradores menores, agentes infiltrados y declaraciones rendidas por otros integrantes de la organización.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en el caso de Genaro García Luna, el exsecretario de Seguridad Pública de México fue juzgado y declarado culpable en Brooklyn después de que antiguos narcotraficantes describieran pagos, protección institucional y complicidades al más alto nivel. El caso demostró que la justicia estadounidense está dispuesta a utilizar el testimonio de criminales para procesar a quien alguna vez fue considerado uno de los principales interlocutores mexicanos en materia de seguridad.

El juicio de Joaquín “El Chapo” Guzmán también abrió una ventana brutal hacia la corrupción mexicana. En aquella sala desfilaron nombres, sobornos, policías y funcionarios, sin embargo, muchas revelaciones provocaron escándalo mediático, pero pocas consecuencias judiciales inmediatas en México.

Con El Mayo podría ser diferente, Estados Unidos ya no parece interesado únicamente en capturar capos. La estrategia está avanzando hacia quienes facilitaron políticamente el negocio. En abril de 2026, fiscales estadounidenses acusaron al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros funcionarios y exfuncionarios estatales de presuntamente colaborar con el Cártel de Sinaloa a cambio de protección política y sobornos. Las acusaciones deberán probarse ante un tribunal, pero muestran un cambio de dirección, Washington está apuntando hacia la estructura gubernamental que permitió funcionar a las organizaciones criminales.

Ese es el nuevo escenario internacional, antes, México entregaba narcotraficantes y Estados Unidos los encerraba. Ahora, Washington parece dispuesto a investigar también a gobernadores, mandos policiacos, funcionarios y operadores políticos que permanezcan fuera de su territorio.

La reacción estadounidense probablemente seguirá tres caminos:

Primero, utilizará el expediente de Zambada para alimentar nuevas investigaciones y acusaciones. No necesariamente conoceremos de inmediato toda la información. En Estados Unidos pueden pasar meses o años antes de que una declaración, un testimonio o una prueba financiera se conviertan en una orden de arresto.

Segundo, aumentará la presión sobre México para detener y entregar a los señalados. Washington puede recurrir a solicitudes de extradición, cancelación de visas, congelamiento de activos y acusaciones selladas que se hacen públicas únicamente cuando existe una oportunidad de captura.

Tercero, el caso será utilizado como instrumento de presión diplomática. Estados Unidos podrá argumentar que el narcotráfico mexicano no es solamente un problema de criminales, sino de instituciones penetradas por el dinero de los cárteles.

Para la política mexicana el riesgo es enorme, los nombres que pudieran surgir no necesariamente corresponderían a un solo partido ni a una sola administración. El Mayo operó durante más de cuarenta años. Vio pasar presidentes, gobernadores, secretarios, procuradores, fiscales, comandantes militares, alcaldes y jefes policiacos de todos los colores.

Por eso ningún partido debería sentirse a salvo. Si realmente existió una red de protección tan extensa como la descrita por los fiscales estadounidenses, sus ramificaciones atravesaron sexenios, gobiernos estatales y cambios de partido. El problema no sería exclusivamente de una administración, sino de un sistema político que durante décadas permitió que el narcotráfico conviviera, negociara o comprara fragmentos del Estado.

También habrá una batalla por controlar la narrativa.

Cada partido intentará presentar las futuras revelaciones como prueba de la corrupción de sus adversarios, unos hablarán del pasado; otros señalarán al presente, unos culparán a los gobiernos anteriores; otros preguntarán quién sigue protegiendo hoy las rutas, los laboratorios y las estructuras financieras.

El expediente estadounidense no entiende de discursos partidistas, entiende de fechas, depósitos, llamadas, reuniones, propiedades y testimonios.

Para El Mayo, declararse culpable terminó siendo una salida conveniente dentro de una derrota inevitable. Evitó la pena de muerte, evitó un juicio largo y busca no terminar en las condiciones más severas del sistema penitenciario. A sus 76 años y con problemas de salud, probablemente sabía que nunca volvería a caminar libre.

Pero decir que “ya no tenía nada que perder y confesó todo” sería adelantarnos a lo que todavía no está probado, lo verdaderamente inquietante es otra cosa, aunque no haya confesado públicamente todo, Estados Unidos puede saber mucho más de lo que ha revelado.

Los fiscales estadounidenses no suelen mostrar todas sus cartas en una sola audiencia, guardan información, cruzan testimonios, siguen el dinero y esperan el momento políticamente y judicialmente adecuado para actuar.

La sentencia de El Mayo cierra la historia del narcotraficante fugitivo, pero puede abrir la historia de quienes lo protegieron, rojos, azules, guindas, amarillos… verdes. Cuando esos expedientes comiencen a salir de los tribunales de Nueva York, el estruendo no se escuchará solamente en Sinaloa.

RETUMBARÁ EN TODA LA REPÚBLICA MEXICANA.

RETUMBARÁ EN SUS CENTROS LA TIERRA.

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