
Managua, Nic.- El reciente anuncio de Daniel Ortega en Nicaragua, donde sepultó oficialmente la alternancia democrática al asegurar que la oposición jamás volverá al poder, enciende una alerta roja en toda América Latina. Mientras el régimen sandinista blinda su control absoluto mediante reformas legales y persecución política, en México el debate sobre la centralización del poder y el debilitamiento de los contrapesos institucionales cobra una relevancia histórica. La alarmante normalización de un gobierno que anula el derecho al voto popular obliga a los ciudadanos de la región a cuestionarse con seriedad si esos son los modelos políticos que desean emular o tolerar.
El destino de las instituciones democráticas mexicanas depende directamente de la vigilancia de su sociedad frente a cualquier narrativa que intente erosionar el pluralismo. Lo ocurrido en Managua no es un evento aislado, sino el recordatorio de cómo la concentración desmedida del mando transforma repúblicas en regímenes de partido único bajo discursos de soberanía. Permitir que la intolerancia hacia la oposición dicte el rumbo del Estado es un camino sin retorno; de ahí la urgencia de que México reafirme su compromiso con la competencia electoral libre antes de que los espejos autoritarios del continente se vuelvan su propia realidad. (En Blanco y Negro)

