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31 de julio 2026
12:01 pm

LEY “CÁLLATE CHACHALACA”

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LEY “CÁLLATE CHACHALACA”

Hay una frase que debería preocuparnos a todos, el arte de la censura consiste en hacerle creer a la gente que no está siendo censurada.

La historia demuestra que la libertad de expresión nunca desaparece de un día para otro, ningún gobierno llega una mañana y anuncia que, a partir de hoy, queda prohibido opinar. No, la libertad se va reduciendo poco a poco, con reformas que parecen inofensivas, con argumentos que suenan razonables y con medidas que, supuestamente, buscan proteger a la sociedad.

Nuestra Constitución es muy clara, el artículo 6 establece que la manifestación de las ideas no será objeto de censura previa, solo existen excepciones muy específicas, cuando se ataque la moral, la vida privada o los derechos de terceros; cuando se provoque un delito o se perturbe el orden público.

Y vale la pena preguntarnos; ¿dónde empieza y dónde termina un ataque a la moral o a la vida privada? Porque el debate político mexicano ha estado lleno de calificativos como “comandante Borolas”, “paniaguados”, “borracho”, “chachalaca”, “animalitos”, “corruptos”, “vendepatrias”, “fifís”, “conservadores” y muchos otros que han formado parte del discurso público durante años. RECUERDA USTED QUIEN LOS PRONUNCIO POR AÑOS?

Sin embargo, la reforma en materia de radiodifusión y telecomunicaciones, a la que muchos ya bautizaron como la “Ley Cállate Chachalaca”, ha despertado un intenso debate.

Entre otras cosas, obliga a los medios electrónicos a distinguir con claridad entre noticias, opiniones y publicidad; exige defensorías de las audiencias y códigos de ética; y, de acuerdo con analistas, estudiosos de la materia y diversas organizaciones, amplía las facultades de supervisión del Estado sobre los contenidos editoriales.

Y aquí comienzan las preguntas:

•Si mañana una estación de radio entrevista a un candidato en campaña, ¿quién decidirá cuándo está informando y cuándo está haciendo propaganda?

•Si un conductor editorializa sobre la inseguridad, ¿será una opinión legítima o alguien podrá considerar que está generando división?

•Si un periodista cuestiona la estrategia económica del gobierno, ¿será periodismo o desinformación?

•Si un ciudadano participa por teléfono en un programa y lanza una crítica dura contra un funcionario, ¿el conductor tendrá que censurarlo por miedo a una sanción?

•¿Y qué pasará con los programas de análisis político, las mesas de debate, los espacios de opinión, los caricaturistas, los columnistas, los comentaristas deportivos que hablan de política, los influencers que transmiten entrevistas, los youtubers, los creadores de contenido y hasta quienes hacen sátira? La incertidumbre puede convertirse en el peor enemigo de la libertad.

El problema es la autocensura por el miedo a perder el trabajo, a que cierren el medio, a enfrentar una multa, que lo metan al bote o cualquier otra consecuencia, cuando un periodista deja de hacer una pregunta incómoda por temor a las represalias, la censura ya cumplió su objetivo.

•Cuando un periodista comienza a preguntarse si una entrevista le puede costar una multa.

•Cuando un director de noticias decide cancelar un reportaje para evitar problemas.

•Cuando un creador de contenido prefiere no transmitir un debate porque resulta más seguro guardar silencio.

•Cuando un conductor cambia una pregunta incómoda por una más amable para evitar consecuencias.

En ese momento, la censura ya ganó, aunque nunca haya sido necesario cerrar un medio.

Y hay una contradicción que no puede pasar inadvertida, la reforma pone bajo una lupa cada palabra que pronuncian los medios de comunicación privados. Pero, ¿esa misma exigencia aplicará para los espacios oficiales financiados con recursos públicos?

Si el objetivo es separar claramente información, opinión y propaganda, entonces la misma vara debería medir a todos.

¿Habrá alguien con la autoridad suficiente para decir durante la
mañanera: “Presidenta, en este momento su información no está suficientemente sustentada”, o “Presidenta, eso ya dejó de ser información y ahora es una opinión política”?

•¿Quién decidirá cuándo un mensaje institucional se convierte en propaganda?

•¿Quién revisará el contenido de las conferencias gubernamentales con el mismo rigor que se pretende revisar el de los medios privados?

•¿Quién tendrá el valor de señalar que una afirmación oficial puede ser incompleta, inexacta o debatible?

Se ve a leguas que las reglas solo se aplicaran a unos y no a otros, entonces ya no hablamos de equidad, hablamos de un desequilibrio enorme.

Y quizá lo más delicado todavía no esté escrito, lo verdaderamente grave e importante será el reglamento de esta reforma, ahí estarán las letras pequeñas, ahí aparecerán los procedimientos, los requisitos, las autoridades competentes, los plazos, los criterios de interpretación y las sanciones.

Una ley establece principios, pero un reglamento determina cómo se aplican, es ahí donde podrían definirse multas, procedimientos administrativos, medidas correctivas, restricciones o mecanismos que, en los hechos, terminen inhibiendo el ejercicio del periodismo.

No se trata de defender excesos ni de negar la importancia de la ética periodística. Los medios deben ser responsables, verificar información y actuar con profesionalismo.

Mientras tanto, la discusión de fondo es otra, ¿Queremos que sea el ciudadano quien decida qué creer? ¿Qué medio escuchar o ver? ¿O queremos que sea el Estado quien determine qué puede decirse, qué debe advertirse y qué merece ser sancionado?

Cuando el gobierno empieza a decidir qué información es aceptable y cuál no, el riesgo deja de ser únicamente para los periodistas, el riesgo es para toda la sociedad, la libertad de expresión nunca se pierde de golpe, primero llega la regulación… pareciera que el “pueblo sabio” dejó de ser tan sabio, porque ahora necesitará que alguien le diga qué puede escuchar, qué debe creer, qué debe de ver y qué contenido requiere una advertencia oficial para no confundirse.

El objetivo de la censura nunca ha sido únicamente castigar a quien habla, su verdadero éxito consiste en lograr que nadie vuelva a hablar mal de un gobierno, P O R M I E D O!

“Una sociedad deja de ser libre el día en que la gente empieza a pensar dos veces antes de hablar.”

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