
LA CIUDAD ESTÁ HECHA UN DESASTRE… ¿Y AHORA QUÉ?
Moverse por Chihuahua en estos días es un verdadero desastre.
Puentes en construcción, semáforos que complican todavía más el tráfico, desviaciones, accidentes, cierres, filas interminables y obras por distintos puntos de la ciudad.
Y claro que hay enojo. Claro que hay quejas. Pero también hay que poner las cosas en perspectiva.
En buena parte de estas afectaciones, la autoridad ha informado con anticipación de cierres, desviaciones y rutas alternas. El problema es que tenemos una ciudad con muchísimos automóviles y basta cerrar o reducir una vialidad importante para que el tráfico se desborde hacia las demás.
¿Que debería existir mejor coordinación? Por supuesto. ¿Que Vialidad tiene que estar presente donde se generan los principales cuellos de botella? También.
Pero hay algo que ninguna autoridad puede hacer por nosotros, tener paciencia, porque las obras se tienen que hacer. Y cuando coinciden varias, inevitablemente habrá molestias.
Así que por unos días nos guste o no, toca salir más temprano, buscar rutas alternas, evitar atravesar las zonas de obra cuando sea posible y, sobre todo, bajarle dos rayitas al claxon y al coraje, atorados en el tráfico podemos hacer dos cosas, desesperarnos o entender que tocar el claxon no va a hacer que el puente se termine más rápido.
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ÉRAMOS BIEN AGUANTADORES… ¿QUÉ NOS PASÓ?
Ahora que por ley se restringirá el uso de teléfonos celulares dentro de las escuelas, resulta interesante escuchar algunas de las críticas, curiosamente, muchas vienen precisamente de nuestra generación.
Sí, de nosotros.
Los que salíamos de la casa prácticamente con tres cosas: la bendición de mamá, cinco pesos en la bolsa y el “más te vale llegar temprano”.
No había celular.
No había GPS.
No había ubicación en tiempo real.
Y milagrosamente… sobrevivimos.
Nos caíamos de la bicicleta, nos sacudíamos las rodillas y seguíamos. Si llegábamos llorando, primero nos decían:
“POR MENSO”
El psicólogo era la mirada de mamá.
El terapeuta era papá diciendo: “SÍGUELE, SÍGUELE”.
Y el control parental consistía en escuchar tu nombre completo gritado desde la puerta.
Éramos, o por lo menos eso presumimos, la generación de los aguantadores, pero ahora resulta que esa misma generación pregunta: “¿Y qué pasa si mi hijo tiene una emergencia y no trae celular?”
Pues para empezar, la escuela sigue teniendo maestros, directivos, teléfonos y adultos responsables. No mandamos al muchacho a cruzar el Amazonas.
“¿Y si tengo que recogerlo a las 3:01?”
¿Y qué sucede si llega usted a las 3:02? N A D A.
¿Se vence el niño?
¿Le cobran recargos?
¿Se convierte la escuela en calabaza?
“¿Y si olvidó la cartulina y necesita avisarme?” Pues conocerá una experiencia que marcó a generaciones enteras: Llegar sin la cartulina y aguantar vara.
“¿Y si quiere avisarme que tiene hambre?” Señora… tiene clases todos los días. A estas alturas ya deberíamos sospechar que eventualmente le va a dar hambre.
“¿Y si necesita decirme dónde está?” ¡Está en la escuela!
Precisamente por eso lo dejamos ahí en la mañana. Y claro que existe una pregunta seria:
¿Qué pasa si verdaderamente sufre un accidente o tiene una emergencia? Para eso deben existir protocolos y canales de comunicación inmediatos entre la escuela y los padres. Una restricción al celular no puede significar incomunicación ante una emergencia.
Pero tampoco podemos convertir cualquier cosa en emergencia, porque entonces resulta que nosotros crecimos sin teléfono, sin WhatsApp, sin GPS y sin mamá monitoreándonos cada siete minutos… pero ahora creemos que nuestros hijos no pueden pasar unas horas sin celular.
Tal vez esta restricción también sirva para algo que se nos estaba olvidando, que los muchachos vuelvan a hablar entre ellos, a jugar, a poner atención, a aburrirse un poquito y hasta a resolver pequeños problemas por sí mismos.
Porque si nosotros presumimos tanto que fuimos criados para ser fuertes, independientes y aguantadores, no estaría mal permitir que nuestros hijos aprendan, aunque sea durante unas horas de escuela, que el mundo no se acaba cuando se quedan sin Wi-Fi, sin WhatsApp… y sin mamá a un mensaje de distancia.
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DE QUE VA… VA PONIENTE 5
Pues parece que ya no hay mucho misterio, de que va… va la Poniente 5.
Con crédito o sin crédito.
Con aplausos o con críticas.
Con Morena a favor, en contra o desgarrándose las vestiduras.
Y qué bueno. Bien por Chihuahua.
Bien por los chihuahuenses.
Bien por la ciudad. Porque una ciudad no puede detener su crecimiento cada vez que una obra genera polémica política.
Claro que habrá críticas.
Que si el crédito.
Que si cuesta mucho.
Que si beneficia a unos.
Que si los terrenos.
Que si por qué por ahí.
Que si por qué ahora.
Y seguramente faltará el clásico:
“¿Y para qué queremos otra vialidad?”
Bueno… Hagamos memoria.
Imagínese que cuando comenzó a desarrollarse el Periférico de la Juventud, todos aquellos que cuestionaban el proyecto hubieran logrado detenerlo.
¿Se imagina Chihuahua hoy sin el Periférico? ¿Dónde meteríamos los miles y miles de automóviles que diariamente circulan por esa zona?
Probablemente seguiríamos discutiendo si hacía falta construirlo… mientras estamos atorados en el tráfico.
Las ciudades crecen, y las obras grandes no se construyen únicamente para resolver el tráfico del martes que viene. Se construyen pensando en el Chihuahua de dentro de 10, 20 o 30 años.
La Poniente 5 pretende convertirse precisamente en otra alternativa para una ciudad que cada vez tiene más carros, más viviendas, más comercios y mayores distancias.
¿Que debe revisarse el dinero? Por supuesto.
¿Que deben transparentarse costos, terrenos, contratos y cada peso que se gaste? También.
Una cosa no pelea con la otra. Se puede fiscalizar una obra y al mismo tiempo reconocer que Chihuahua necesita nuevas vialidades, además hay algo que tarde o temprano tendremos que aceptar: el Periférico de la Juventud no se puede estirar como liga. Llegará un momento en que simplemente ya no podrá recibir más vehículos.
Por eso, más allá de colores partidistas, la discusión importante debería ser cómo hacer bien la Poniente 5, cuánto costará, cómo se financiará y cómo garantizar que realmente funcione.
Habrá morenistas criticándola.
Habrá panistas defendiéndola.
Habrá ciudadanos a favor y ciudadanos en contra.
Eso es normal.
Pero dentro de veinte años probablemente nadie preguntará qué diputado votó a favor o qué partido protestó en contra.
La pregunta será mucho más sencilla:
¿sirvió o no sirvió para Chihuahua?
Y si dentro de algunos años miles de automovilistas utilizan diariamente la Poniente 5 para moverse por la ciudad, posiblemente suceda exactamente lo mismo que con tantas obras que alguna vez fueron cuestionadas.
Y terminaremos preguntándonos,
¿y cómo le hacíamos cuando esto no existía?
Así que sí:
con billete o sin billete, con crédito o con recursos propios, con aplausos o con críticas… de que va, va la Poniente 5.


