- Entre el dólar, los puentes y la economía de a de veras
- Se apagan las líneas y se encienden las alarmas
- Los puentes que unen y los grilleros que estorban
- Las encuestas, los suspirantes y los nervios de punta
- Juárez se inunda y las explicaciones no faltan

Dicen los que saben que cuando Estados Unidos estornuda, México se resfría, pero en Ciudad Juárez la cosa es todavía más complicada porque aquí cualquier movimiento del dólar, cualquier retraso en los puentes internacionales y cualquier sacudida de la economía estadounidense puede provocar una pulmonía económica de pronóstico reservado, aunque desde los cómodos escritorios del centro del país sigan hablando de soberanía económica como si la frontera fuera una isla desconectada del mundo.
Con un tipo de cambio que recientemente rondaba los 18.57 pesos por dólar y filas que en determinados momentos alcanzan hasta dos horas en los cruces internacionales, los comerciantes, transportistas y trabajadores fronterizos enfrentan una realidad que difícilmente cabe en los discursos triunfalistas, porque aquí la relación con El Paso no es una curiosidad diplomática sino una necesidad cotidiana de la que dependen miles de familias y una buena parte de la actividad productiva regional.
El problema es que seguimos padeciendo una visión centralista que pretende aplicar las mismas recetas económicas a realidades completamente diferentes, como si las necesidades de Ciudad Juárez fueran idénticas a las de cualquier municipio del interior del país, mientras las autoridades locales tampoco terminan de construir una agenda fronteriza suficientemente poderosa para imponer una exigencia de infraestructura, agilización de cruces y mecanismos de competitividad acordes con nuestra condición binacional.
A los juarenses no hace falta explicarles que la economía no se mueve con discursos patrioteros ni con conferencias mañaneras, porque la prosperidad depende de producir, vender, transportar y trabajar, y como decía aquel viejo comerciante de la avenida Juárez, el dinero no tiene partido, pero vaya que se espanta cuando los políticos empiezan a meter las manos donde no deben.
Se apagan las líneas y se encienden las alarmas
Durante décadas la industria maquiladora fue presentada como la gallina de los huevos de oro de Ciudad Juárez, aquella maquinaria económica capaz de atraer inversiones, generar empleos y sostener el crecimiento urbano, pero resulta que la gallina comenzó a perder plumas y muchos de los encargados de cuidarla parecen más ocupados en presumir los huevos de ayer que en investigar por qué hoy está poniendo menos.
La reducción de más de 72 mil puestos de trabajo entre junio de 2023 y junio de 2026, pese a la reciente recuperación leve, debería ser motivo suficiente para convocar a empresarios, sindicatos, universidades y autoridades a una discusión seria sobre el futuro industrial de la frontera, porque detrás de cada plaza desaparecida existe una cadena de consecuencias que alcanza al pequeño comercio, los servicios, la vivienda y el consumo familiar, sin que una recuperación mensual aislada sea suficiente para declarar que terminó el problema.
La automatización, las transformaciones tecnológicas y las nuevas estrategias internacionales de producción obligan a replantear el modelo económico juarense, aunque algunos políticos sigan convencidos de que atraer una fábrica consiste en recibir ejecutivos, tomarse fotografías y anunciar miles de empleos que después nadie se preocupa por verificar, como si el desarrollo industrial fuera una feria de promesas donde lo importante es vender boletos y no garantizar que funcione el espectáculo.
Lo verdaderamente preocupante es que la discusión pública sigue demasiado concentrada en quién ganará las elecciones y demasiado poco en qué clase de ciudad tendremos dentro de diez años, porque los puestos industriales que desaparecen no necesariamente regresan con las mismas características, y si no preparamos a los trabajadores para nuevas actividades productivas terminaremos descubriendo demasiado tarde que se nos fue el tren mientras los funcionarios seguían inaugurando la estación.
Los puentes que unen y los grilleros que estorban
El Gobierno del Estado anunció inversiones por mil 559.4 millones de pesos en infraestructura vial para Chihuahua capital y Ciudad Juárez, una cantidad que naturalmente merece vigilancia, transparencia y evaluación, pero que también representa una oportunidad para enfrentar problemas de movilidad que llevan años convirtiendo los traslados cotidianos en una prueba de resistencia, paciencia y resignación para miles de automovilistas.
En Ciudad Juárez destacan los proyectos de pasos inferiores y las intervenciones previstas en cruceros de enorme circulación, incluido el de Gómez Morín y Paseo de la Victoria, donde las autoridades anticipan molestias temporales y rutas alternas durante la construcción, una situación que exige planeación cuidadosa porque tampoco se trata de resolver un congestionamiento provocando otros diez, aunque semejante posibilidad parece entusiasmar a quienes siempre encuentran una razón para oponerse a cualquier transformación urbana.
Desde luego que toda obra pública debe someterse al escrutinio ciudadano y que las preocupaciones ambientales, técnicas y presupuestales merecen respuestas serias, pero también conviene distinguir entre la crítica sustentada y la oposición automática de quienes parecen haber adoptado como filosofía de vida aquello de que si no lo propuse yo, entonces está mal, una postura tan cómoda que permite reclamar soluciones al tráfico y después protestar cuando alguien intenta construirlas.
Las autoridades tienen la obligación de demostrar que los proyectos funcionan y los opositores la responsabilidad de presentar argumentos verificables, porque ni el gobierno posee el monopolio de la razón ni cualquier grupo que levanta una pancarta se convierte automáticamente en representante de toda la ciudad, y como bien dicen por estos rumbos, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre, especialmente cuando llevamos décadas pagando con tiempo y gasolina la falta de decisiones.
Las encuestas, los suspirantes y los nervios de punta
La carrera por la gubernatura de Chihuahua empieza a calentarse y las encuestas se han convertido en el juguete favorito de aspirantes, dirigentes y operadores políticos, porque basta que aparezca una medición favorable para que unos salgan a presumir que ya tienen medio Palacio de Gobierno escriturado, mientras los otros se apresuran a desacreditar a la encuestadora y asegurar que la verdadera voluntad popular todavía no ha sido consultada.
La medición de Rubrum levantada el 19 de octubre colocó a Marco Bonilla con 44.7 por ciento de las preferencias frente a 37.5 por ciento de Cruz Pérez Cuéllar, con un 17.8 por ciento de indecisos, cifras que dibujan una ventaja para el alcalde capitalino dentro de ese ejercicio, aunque sería bastante aventurado convertirlas en sentencia electoral sin conocer plenamente sus características metodológicas y sin considerar que todavía falta un largo camino hasta las urnas.
Para Bonilla el desafío consiste en transformar su posicionamiento en una candidatura competitiva y ampliar su presencia territorial, mientras que para Pérez Cuéllar el problema no se reduce a conquistar simpatías fuera de Juárez, porque también debe administrar las tensiones internas de Morena, las decisiones de sus posibles aliados y el desgaste natural de cualquier proyecto político que pretende saltar de una responsabilidad municipal a una contienda estatal.
Aquí es donde empiezan las verdaderas dificultades para los partidos, porque las encuestas pueden medir preferencias declaradas, pero no resuelven pleitos internos, no garantizan estructuras territoriales y mucho menos aseguran que los grupos inconformes trabajen disciplinadamente por quien resulte candidato, de manera que más de uno podría terminar descubriendo que tenía excelentes números sobre el papel y muy pocos amigos a la hora de contar los votos.
Juárez se inunda y las explicaciones no faltan
En Ciudad Juárez existe una tradición que nadie pidió conservar pero que sobrevive administración tras administración, consistente en descubrir cada temporada de lluvias que numerosas calles carecen de infraestructura suficiente para desalojar el agua, mientras los vecinos observan cómo aparecen cuadrillas, maquinaria, funcionarios y comunicados que anuncian soluciones con una puntualidad admirable, aunque las soluciones definitivas parecen tener una agenda bastante menos rigurosa.
El Ayuntamiento ha destacado la recuperación de vialidades y la atención de zonas afectadas, esfuerzos que deben reconocerse cuando producen resultados, pero eso no elimina las preguntas sobre las inversiones pendientes, el mantenimiento de colectores y la coordinación con la Junta Municipal de Agua y Saneamiento, porque una cosa es retirar el agua después de la tormenta y otra muy distinta construir la infraestructura necesaria para evitar que la misma historia se repita indefinidamente.
Tampoco ayuda que el problema se convierta en una competencia de responsabilidades donde cada autoridad encuentra argumentos para señalar a la otra, porque al ciudadano que perdió muebles, mercancías o una jornada de trabajo poco le interesa saber qué dependencia tiene el membrete correcto, mientras nadie le explique con claridad cuándo será atendida su colonia, cuánto costará la solución y quién responderá si las obras vuelven a fallar.
Lo verdaderamente irónico es que una ciudad capaz de sostener una de las plataformas industriales más importantes de México siga padeciendo carencias de infraestructura urbana que deberían haberse atendido desde hace décadas, una contradicción que retrata perfectamente nuestra capacidad para producir riqueza y nuestra dificultad para convertirla en bienestar colectivo, porque aquí parece cumplirse aquel refrán de que “en casa del herrero, azadón de palo”.
Y mientras la frontera enfrenta presiones económicas, pierde empleos industriales, construye nuevas vialidades, se prepara para otra batalla electoral y sigue reclamando servicios básicos, nuestros políticos continúan enfrascados en la competencia por demostrar quién tiene el discurso más bonito, aunque los juarenses ya deberían tener bastante claro que una ciudad no se gobierna con ocurrencias ni se desarrolla a fuerza de promesas, porque al final del día las palabras se las lleva el viento, los baches se quedan en las calles y las facturas siempre terminamos pagándolas los mismos.