Ciudad Juárez, nuestra frontera que no descansa, suma ahora, en la época de calor, otro enemigo a su ya larga lista de males: las garrapatas.
Cinco zonas de la ciudad están bajo alerta por brotes de estos parásitos que, además de repulsivos, pueden ser peligrosos. No es metáfora, aunque bien podrĂa serlo de algĂşn partido polĂtico. Porque si algo abunda en esta ciudad —y en este paĂs— son los parásitos: de los que chupan sangre literal… y de los otros, los que se cuelgan del poder, del erario y de los ciudadanos sin el menor pudor.
La apariciĂłn de garrapatas no es menor. Es sĂntoma de abandono urbano, de polĂticas sanitarias inexistentes y de colonias olvidadas por gobiernos que solo llegan en campaña o que, cuando están en funciones, solo se les ocurren ideotas (o sea, una idea grande), como la de “el cochino de la semana”.
No sorprende que los focos rojos estĂ©n donde la pavimentaciĂłn es un mito, el drenaje un lujo y la recolecciĂłn de basura una cortesĂa ocasional. ÂżQuĂ© esperaban? ÂżSalubridad escandinava en el desorden urbano más caĂłtico del norte del paĂs?
El sector salud reacciona con la velocidad de un perezoso sedado. Además de la falta de recursos, falta voluntad. En MĂ©xico, hasta las plagas tienen más iniciativa que los funcionarios. Solo basta con revisar las estadĂsticas y darnos cuenta de que, año con año, desafortunadamente tenemos muertes por picaduras de garrapatas.
Y mientras en Juárez combatimos garrapatas, en la capital del paĂs el crimen ya se mete de lleno en la polĂtica. El senador estadounidense Marco Rubio —ese que pocas veces se calla— declarĂł abiertamente que la violencia polĂtica en MĂ©xico es real, aludiendo al muy lamentable y reciente asesinato de dos personas muy allegadas a la jefa de gobierno de la CDMX, Clara Brugada.
Y claro que es real. Lo saben los más de 30 polĂticos asesinados este año, lo saben sus familias y lo sabe el crimen organizado, que hoy tambiĂ©n decide quiĂ©n sĂ y quiĂ©n no… Y lo sabemos todos, aunque el gobierno lo niegue entre cifras alegres y conferencias matutinas cada vez más desconectadas de la realidad.
Lo grave no es que lo diga un senador estadounidense, sino que sea más contundente que cualquier declaraciĂłn de nuestros gobernantes. Mientras MĂ©xico se baña en sangre, la clase polĂtica sigue negando la realidad con la terquedad de un borracho que insiste en que “controla todo el pedo”. ÂżCuántos cadáveres más necesitan para aceptar que el paĂs arde?
Y sin embargo, entre tanta podredumbre, a veces se asoma una chispa de humanidad. En la colonia Independencia II de nuestro querido Juaritos, policĂas y vecinos ayudaron a apagar juntos un incendio en una casa habitaciĂłn, en lo que llegaban los hĂ©roes cotidianos de la ciudad: los bomberos.
Los vecinos y los polis, sin protocolo, sin camionetas blindadas. Solo cubetas, manos, una manguera casera y mucha voluntad. Porque donde el Estado no alcanza, la comunidad aĂşn responde. Esa escena dice mucho: que estamos solos, sĂ, pero no rendidos. Que el caos no ha matado del todo a la solidaridad.
Pero déjeme le digo que, cuando la gente debe convertirse en brigada de emergencia porque los gobiernos no equipan de manera adecuada a las corporaciones —como la de los bomberos—, nos queda claro que estamos gobernados por fantasmas.
El mensaje es claro: sálvese quien pueda, porque el gobierno no salva a nadie.
EPĂŤLOGO:
El paĂs sigue ardiendo: entre fuego literal, polĂticos inmolados y plagas que no distinguen entre humanos y animales. Y mientras unos se organizan para apagar incendios con cubetas, otros, en la cĂşspide del poder, ni siquiera encuentran una manguera para detener la descomposiciĂłn institucional.
Tal vez el problema no sean las garrapatas. Tal vez el problema es que, en este paĂs, cada dĂa más ciudadanos entienden que el verdadero peligro no siempre camina sobre ocho patas.
Seguiremos siendo una nación donde la gente sobrevive, no gracias al gobierno, sino a pesar de él.

