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Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
30 de agosto 2025

Puertas cerradas, demonios internos y el mercado controlado

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Mientras el sol arde sobre el desierto y los migrantes se lanzan al sueño americano con la esperanza de no despertar en una pesadilla, Estados Unidos decide reforzar la Puerta 36. Es decir: más concreto, más acero, más agentes, más cámaras. Un punto ciego que dejó de serlo tras las oleadas humanas que lo cruzaron en masa. Y aunque los muros físicos son evidentes, los invisibles son más crueles: los de la desesperanza, los de la criminalización automática, los que separan al que huye de la violencia del que defiende “la ley y el orden”. En esta frontera, cada bloque de concreto es un espejo roto.

Pero si allá se blindan con metal, acá seguimos atrapados en redes más peligrosas. La última revelación es tan escandalosa como cotidiana: el crimen organizado no solo trafica drogas y armas, también controla el precio del pollo, el huevo y la leche. En muchas regiones del país, los cárteles ya no son solo verdugos: son distribuidores, mayoristas, reguladores de precios. La economía del miedo ha sustituido al libre mercado. Y mientras eso ocurre, la autoridad responde con declaraciones tímidas o silencios cómodos. Así, lo verdaderamente satánico no está en los símbolos, sino en el sistema.

Y hablando de símbolos: en Catedral de Ciudad Juárez, los fieles presenciaron exorcismos para expulsar los demonios de quienes —según los ministros— se habían tatuado signos “satánicos”. Más allá de lo pintoresco, esta escena abre una ventana inquietante a nuestros temores colectivos. Porque cuando las instituciones no dan respuestas, la gente busca explicaciones en lo sobrenatural. El mal se transforma en tinta en la piel, y se combate con agua bendita y rezos. Pero el verdadero mal, ese que pudre gobiernos, corrompe mercados y destruye familias, rara vez se deja ver. Mucho menos se deja exorcizar.

EpĂ­logo: Ay mi Juaritos
Nos seguimos protegiendo de lo simbólico mientras ignoramos lo estructural. Blindamos puertas, pero no políticas migratorias. Denunciamos pentagramas, pero no a los funcionarios coludidos. Nos asusta el infierno, pero no el que vivimos todos los días. Quizá porque este último, a diferencia del otro, no se combate con rezos… sino con valentía.

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