El PAN chihuahuense, ese circo donde los trapecistas azules sueñan con ser domadores, pero terminan bailando al ritmo de la que sostiene el látigo: María Eugenia Campos, la gobernadora que no gobierna solo con decretos, sino con esa sutileza felina de quien sabe que un movimiento equivocado puede hacer que el rebaño se disperse. Tomemos el “cierre de ciclo” de Sergio Nevarez en la JMAS, no como un adiós lacrimógeno –eso sería demasiado serio–, sino como el ejemplo perfecto de cómo Maru flexiona sus músculos sobre las cabecillas visibles del partido, esas luminarias que podrían eclipsarla en la frontera. Porque, entiendan, en Juárez, donde el PAN perdió el trono como quien deja caer un guante en un duelo, recuperar la alcaldía en 2027 no es un capricho: es la llave para no ver evaporarse Chihuahua entero en un mar de guinda morenista. Y Maru, con su sonrisa de acero, lo sabe mejor que nadie.
Imaginen la escena: mientras Nevarez empaqueta sus logros –esos 5 mil millones en tuberías enterradas y pozos modernizados que Juárez aplaude con un suspiro de alivio–, la gobernadora suelta su mensaje oficial con la gracia de una maestra de ceremonias: “Le agradecemos mucho a Sergio el tiempo que nos apoyó; su círculo se cerró, completó su período”. Qué eufemismo tan exquisito, ¿no?. Pero entre líneas, Maru confiesa el quid: “Tengo entendido que él tiene ya otras prioridades en el ámbito político con otras personas. Lo respetamos”. Otras prioridades. Con otras personas. Traducción al panista crudo: “Te quiero, Sergio, pero no tanto como para dejarte corretear solo hacia la alcaldía; mejor quédate en el redil, o al menos finge que lo intentas”. Es el poder en su forma más pura: no un despido con tambores, sino una reasignación que recuerda a todos los aspirantes –de Marco Bonilla en la capital y tanta pintadera de pacotilla en las bardas– que las cabecillas no brillan sin la luz de Palacio. Juárez, esa bestia fronteriza que devora candidatos como si fueran tacos de la esquina, no se recupera con selfies prohibidas o reuniones a escondidas; se doma con disciplina, y Maru, es la que dicta el dress code.
Y aquí viene el toque de ironía cósmica, ese que hace que la política mexicana parezca un guion de telenovela escrito por un bufón: mientras la gobernadora panista aprieta las riendas azules para no perder el estado, parece alinearse –guiño, guiño– con el manual de la 4T, ese que Claudia Sheinbaum recita como si fuera el catecismo. ¿Adelantados? ¡Ni lo sueñen! Maru, con su ojo en 2027, frena a los lobos juarenses justo cuando la presidenta morenista pide lo mismo: nada de carreras prematuras que ensucien el tablero. Es como si, en secreto, las dos compartieran un café virtual y se dijeran: “Mira, yo te dejo gobernar sin aspavientos, tú me dejas soñar con ganar el estado”. Porque, al final, el PAN debilitado –con campañas pagadas en redes que sepultan a Bonilla y eleven a Gilberto Loya como un súper policía de cómic, pese a la inseguridad que nos tiene a todos contando balazos en lugar de votos– solo beneficia al monstruo que crece en la entidad. Guerra interna, divisiones, bardas con música épica que suenan a himno de derrota: todo eso huele a auto-sabotaje, y Maru, astuta como un coyote en la sierra, lo corta de tajo. ¿Poder sobre cabecillas?
Si te fijas, la narrativa oficial celebra inversiones, pozos modernizados, redes ampliadas: cifras, datos —los que cualquier político adora proyectar. El Diario+1 Pero en la práctica política de esta frontera, los cargos son menos sobre servicio público que sobre posicionamiento electoral. Quitar a Nevárez de la JMAS no se trata solo de agua, sino de asegurarse de que quien controle la llave del agua también obedezca la llave del poder.
No me extrañaría que tras bambalinas ya estén midiendo quiénes suenan para sustituirlo —quienes entren o quienes salgan— no por su capacidad técnica, sino por su perfil político, su alineación, su obediencia. Y en esos perfiles, lo que pesa no es la tubería, sino el voto.
Pero vayamos al otro lado del telón, donde los fantasmas no mueren: la reaparición de Andrés Manuel López Obrador, ese titiritero retirado que, desde su finca en Palenque, lanza un video de hora y pico para presentar “Grandeza”, su tocho de 600 páginas que reivindica olmecas y humanismo mexicano como si fueran el nuevo evangelio de la transformación.
No es un regreso con banda de guerra, no; es un susurro calculado, grabado en “La Chingada” con la humildad fingida de quien se retira para no opacar a “la mejor presidenta del mundo” –Claudia, por supuesto. AMLO jura que no recorrerá calles ni plazas; se queda quietecito, porque “no hay que dividirnos, hay que estar muy unidos”. Pero, ¡ah, el condimento sarcástico! Justo cuando las manifestaciones sociales en todo el país empiezan a picar como avispas contra el gobierno sheinbaumista, el ex presidente suelta su alineación perfecta para los próximos meses: y condiciona su silencio a tres escenarios que parecen sacadas de un manual de guerra fría tropical.
Primero, (ataque a la democracia) los oligarcas: que es Ricardo Salinas Pliego que, sin mencionarlo de frente, encarna a los que no tragan a la 4T. AMLO los pinta como buitres carroñeros, zopilotes listos para picotear la democracia si hay chance de fraude como en los viejos tiempos.
Segundo, el “golpe de Estado”: haciendo un guiño a esas marchas opositoras que, en su óptica, no son protestas legítimas sino intentos internos de derrocar a la presidenta, acosarla con ruido de conservadores. “Si la acosan o hay internos de golpe”, dice con esa ceja arqueada y soberbia, “entonces sí, pero no creo que pase”.
Tercero, la soberanía: defender a México de amenazas externas, porque “somos libres, independientes, soberanos; no colonia de ningún país extranjero”. ¿Trump? Implícito en el guiño, ese presidente que quiere acabar con el crimen organizado, ese que supuestamente esta aliándose en la mente obradorista y que tanto duele en este país. Es un discurso afilado como machete: une a la base, distrae y recuerda que, aunque retirado, AMLO sigue siendo el rey, el que maneja los hilos, tú eres la presidenta pero yo quien controla el país.
