El Zócalo capitalino, ese escenario eterno de masas ondeantes y discursos que suenan a himno de rockstar, se convirtió el 6 de diciembre en el altar pagano de la Cuarta Transformación. Imagínense la escena: Claudia Sheinbaum, la doctora presidenta con doctorado en física y maestría en hipocresía fiscal, sube al templete rodeada de 150 mil fieles –o eso juran los contadores oficiales, que en México siempre inflan más que un globo en kermesse–.
No fue una pachanga cualquiera, no: fue el “Día del despertar del tigre”, con desfile de mañaneros reciclados, banderas tricolores y un erario que, discreto como un mago, pagó transportes, comidas y hospedajes para que los chairos de provincia no se perdieran el show. ¿Cuánto costó? Oficialmente, un susurro; extraoficialmente, el equivalente a un par de maquilas juarenses en quiebra.
Pero el quid, queridos lectores, no es el festín –eso es pan de cada día en Palacio–, sino las perlas que soltó la anfitriona mientras el pueblo aplaudía como borregos en misa.
Primero, el puñal fiscal: “No habrá condonación de impuestos”, decretó Sheinbaum con la solemnidad de quien firma un acta de defunción para los ricos. “Es un compromiso de la 4T: todos pagan, sin privilegios para los grandes deudores”. Qué lindo, ¿no? Como si no recordáramos que su mentor, el eterno AMLO, llegó al poder en 2018 jurando lo mismo: firmó un decreto en mayo de ese año para eliminar las condonaciones a grandes contribuyentes, después de que Peña Nieto y Calderón regalaran 400 mil millones de pesos a 153 mil afortunados en 18 años de bacanal fiscal.
Morena, ese partido de los humildes, aplaudió con fervor y hasta metió en la Constitución la prohibición en 2020: “¡Adiós a los perdones inmorales!”, gritaron. Pero, ¡zas!, la realidad es un boomerang sarcástico. Entre 2019 y 2021, el SAT de la 4T condonó multas por miles de millones a 5 mil 29 beneficiados, incluyendo a Yeidckol Polevnsky (la entonces presidenta de Morena, con 16 millones perdonados por “error de contador”), Ana Gabriela Guevara (9 millones para la de Conade) y hasta Cuauhtémoc Blanco (300 mil pesitos para el gobernador morenista).
¿Y Salinas Pliego? Ese villano favorito de las mañaneras, que AMLO tildó de “hijo predilecto del régimen anterior”, pero que en la lista de 2019 aparece con condonaciones que ahora, en 2025, se niegan a cobrar como si fueran un mal chiste. Hipocresía en esteroides: prometen austeridad mientras el erario banca fiestas zocaleras y el SAT sigue perdonando a los “aliados” con un guiño. ¿No habrá condonaciones? Díganselo a los chairos que pagan el boleto de avión para ir a vitorear.
Y mientras la doctora idealiza masas con su liturgia de izquierda técnica –”¡El salario mínimo subirá al doble en seis años, proclamó, como si multiplicar por dos resolviera la inflación que ellos mismos avivaron–, no faltó el ritual de despellejar a la oposición! “Los conservadores nos atacan porque temen al pueblo unido”, arengó, con esa gracia de quien lee un guion de telenovela. La oposición, esos “fifís” del PAN y PRI, son el coco eterno: corruptos, vendidos, incapaces de subir salarios sin quebrar el país. Claro, porque en la 4T, el alza salarial es un milagro bíblico que no genera desempleo ni huye inversión –solo aplausos en el Zócalo–. Es la campaña de idealización de masas en su esplendor: haz que el pueblo se sienta emperador mientras el erario paga la corona.
Pero regresemos a la frontera, donde los pleitos no son de discurso sino de puño y navaja política. En Juárez, el alcalde Cruz Pérez Cuéllar y el dirigente local del PAN, Ulises Pacheco, escalan su ring personal a niveles de western chihuahua, porque aquí la política local pone su propia telenovela en pantalla gigante.
La pelea no es solo una disputa de frases altisonantes en redes sociales y columnas; es la muestra perfecta de cómo la política municipal —más que resolver problemas reales— termina siendo un ring donde los golpes se dan con titulares y señalamientos.
Que si “delincuente”, que si “proceda”, que si “no me temes”… mientras tanto, Juárez sigue acumulando desafíos que no se solucionan con dimes y diretes, sino con acciones concretas.
Y para rematar la descomposición social que Juárez lleva como medalla de bronce –porque oro en violencia ya lo tiene–, un dato que apesta a indiferencia colectiva: la ciudad concentra el 40% de las denuncias por maltrato animal en Chihuahua. Perros apaleados, gatos abandonados, mascotas convertidas en punching bags de frustrados: 1,200 reportes en 2025 hasta ahora, con colonias como Anapra y La Chaveña liderando el podio de crueldad.
¿Por qué? Porque en una frontera donde el humano se maltrata a sí mismo con balas y drogas, el animal es el chivo expiatorio gratis. La Fiscalía, con su lentitud de elefante, registra pero no actúa; los refugios, desbordados y subfinanciados, claman por leyes que muerdan.
Es el Juárez profundo: mientras arriba se pelean por tronos, abajo se pisa lo más vulnerable. ¿Fiesta en el Zócalo? Aquí, el banquete es de huesos rotos.
Al final, en este diciembre de contradicciones, Sheinbaum festeja siete años de transformación con erario ajeno mientras condona hipocresías fiscales; Juárez sangra pleitos y crueldades que nadie invita a bailar. ¿No habrá condonaciones? Díganselo al pueblo que paga la cuenta. Porque en México, la transformación es como una fiesta: todos bailan, pero solo unos pocos se van con la cartera llena.
