Eran las 3:37 de la madrugada cuando cerrĂł la cajuela de su pick up doble cabina en Denver Colorado, con diez grados centĂgrados bajo cero y un silencio que crujĂa. El aire quemaba los pulmones al respirar y el vapor salĂa de la boca como si cada bocanada pesara.
Adentro iban regalos sin envolver; algunos nuevos y otros usados, ropa y chamarrars nuevas para los hijos, dulces para los sobrinos, una pantalla plana para la madre, herramientas para el papá, tenis para los hermanos, nada ostentoso, todo ganado a pulso, y un equipaje lleno de sueños. El motor arrancĂł y, por unos minutos, el cansancio quedĂł atrás. Ese dĂa no iba a trabajar. Ese dĂa regresaba a casa.
Durante todo el año se levantó a las cuatro de la mañana.
No uno ni dos dĂas, todos.
Turnos largos, trabajos pesados, sueldos contados, humillaciones y limitaciones tragadas en silencio, tenia que hacerlo, tenia que ahorrar. No para vacaciones, no para lujos, no para fotos. TrabajĂł para volver en diciembre, para cruzar la frontera al revĂ©s, para ser visitante en su propio paĂs.
El cruce fue rápido. El mensaje salió de inmediato,
“Ya estoy en México.”
“En dos dĂas llego.”
El sabĂa que lo peor apenas comenzaba.
El primer retén apareció en la carretera, ya dentro del estado. Conos mal puestos, una patrulla atravesada, rifles colgando del pecho. Guardia Nacional.
“Documentos.”
“OrĂllese.”
“Apague el motor.”
No habĂa infracciĂłn. No habĂa reporte. No habĂa motivo claro. Solo la espera. El silencio. Las miradas largas al interior del vehĂculo. Uno de ellos revisĂł la cajuela. Otro hizo tiempo. Hasta que llegĂł la frase, dicha sin levantar la voz, como si fuera trámite administrativo.
—“¿Cómo nos arreglamos?”
La cantidad ya estaba establecida. No seria la primera vez. No era improvisaciĂłn. Siete mil pesos.
Sin recibo. Sin multa. Sin explicaciĂłn.
PagĂł.
No porque quisiera. Porque sabĂa que negarse podĂa significar horas detenido, el vehĂculo retenido o algo peor. PagĂł con el dinero que no estaba destinado para mordidas, sino para la cena familiar, para los regalos, para los dĂas que llevaba meses esperando…No era dinero para lujos ni para darse gustos.
Cada billete tenĂa nombre, tenĂa destino, tenĂa urgencia. Estaba contado, doblado con cuidado, guardado como se guardan las cosas importantes. No para gastar, sino para ayudar a los suyos.
Ese dinero habĂa nacido de madrugadas largas, de frĂo en los huesos, de jornadas que terminaban cuando el cuerpo ya no podĂa. Era comida que no se comprĂł, descanso que no se tomĂł, cansancio acumulado. No pesaba por la cantidad, pesaba por el sacrificio.
AvanzĂł.
Cincuenta kilĂłmetros despuĂ©s, otro retĂ©n. Esta vez FiscalĂa General de la RepĂşblica.
Mismo guion.
Mismo tono.
Misma extorsiĂłn.
—“Trae cosas de más.”
—“Eso se puede arreglar.”
Otra vez la mano extendida. Otra vez la mordida. Otra vez el silencio obligado. Ya no habĂa sorpresas, solo resignaciĂłn. El regreso a casa se habĂa convertido en un cobro por etapas, una ruta donde el paisano no es ciudadano, es cliente forzado.
Un doble, un triple impuesto, cobrado no por la ley, sino por el abuso. Primero los aduanales, después los retenes. los pagos se acumulaban por un mismo derecho: avanzar.
No era una contribuciĂłn al paĂs. Era una mordida repetida. Un castigo por traer efectivo, por regresar, por no querer problemas y por la urgencia de ver y abrazar a los suyos. PagĂł más de dos veces por lo mismo, sin factura y sin defensa.
KilĂłmetro a kilĂłmetro, el dinero se fue reduciendo. No por gasolina. No por casetas. Por autoridades federales que aprendieron que diciembre es temporada alta, que los paisanos traen efectivo, que no se quejan, que no denuncian, que tienen prisa por llegar y miedo de quedarse.
No era mala suerte.
No eran “manzanas podridas”.
Era el sistema.
Mientras tanto, en la casa, las mesas se preparaban. Nadie sabĂa que el abrazo llegarĂa más caro de lo planeado. Nadie imaginaba que, antes de volver a ser hijo, padre o hermano, habĂa que pagarle a la Guardia Nacional, a los Aduanales, a los estatales, a los municipales, a los de vialidad y a la FGR por el derecho a transitar.
Hoy, miles de paisanos cruzan carreteras donde la ley no protege, cobra!. Viajan preparados con viáticos, con regalos y con un guardado especial para las mordidas. Un ahorro no para emergencias, sino para sobrevivir a quienes portan uniforme, placa y arma.
Y lo más grave no es solo el dinero.
Es la normalizaciĂłn.
Es que ya se sabe.
Es que se acepta.
Es que se calla.
Porque en este paĂs, regresar a casa en diciembre no es un derecho garantizado.
Es un viacrucis administrado por instituciones federales, estatales y municipales que olvidaron para quién trabajan.
Y aun asĂ, vuelven.
Porque el amor por la familia sigue siendo más fuerte que la extorsión, más fuerte que el abuso y más fuerte que este Estado podrido que, en lugar de recibirlos, los asalta en el camino.

