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Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
13 de enero 2026

La doble cara del poder | La vanidad que cruza municipios | La ley no es trampolín | Morenos siendo morenos en 3, 2, 1…

La doble cara del poder

En la política mexicana hay una regla no escrita que se repite sexenio tras sexenio, legislatura tras legislatura y partido tras partido, cuando la mayoría me favorece, es voluntad popular; cuando me perjudica, es abuso, imposición y autoritarismo.

No importa el color del logotipo, el nombre del movimiento ni la historia que presuman. Todos, absolutamente todos, han pasado por ahí.

Cuando un partido logra imponer su mayoría, en el Congreso, en cabildos o en cualquier órgano de decisión, la narrativa es clara y cómoda, “la gente nos eligió”, “es el mandato de las urnas”, “así funciona la democracia”. Se aprueban reformas al vapor, se ignoran voces disidentes y se pisa el acelerador sin mirar el retrovisor. Todo se justifica porque “ganamos”.

Pero basta con que la balanza se incline al lado contrario para que el discurso cambie de inmediato. Entonces la mayoría ya no es legítima, el procedimiento ya no es democrático y el resultado ya no representa al pueblo. Aparecen los gritos de traición, los discursos incendiarios y los comunicados escritos más con víscera que con razón.

Ahí es donde se cae la máscara.

Porque no se trata de principios, se trata de conveniencia. No se defiende la democracia, se defiende la silla. No se protege a la ciudadanía, se protege el control. Y así, quienes ayer aplaudían la imposición hoy la denuncian; quienes ayer callaban hoy se rasgan las vestiduras; quienes ayer decían “así es la ley” hoy dicen “es una injusticia”.

Eso sí, todos hablan. Hablan mucho. Hablan fuerte. Hablan porque Dios les dio boca, aunque la congruencia se les haya quedado en la oficina de campaña.

Y no, no se puede decir “al que le quede el saco que se lo ponga”, porque el saco les queda a todos. A los que gobiernan hoy y a los que gobernaron ayer. A los que se dicen diferentes y terminan haciendo exactamente lo mismo. A los que prometieron no caer en los vicios del pasado y hoy los perfeccionaron.

La política está enferma de mayorías, está enferma de memoria selectiva. De discursos reciclados. De actores que cambian de papel, pero no de mañas.

La congruencia no debería depender del marcador, ni del número de votos, ni del color del partido. Pero mientras el poder siga siendo visto como botín y no como responsabilidad, la doble cara seguirá siendo la verdadera identidad de nuestra clase política.

Y luego se preguntan por qué la gente ya no les cree.

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La vanidad que cruza municipios

Hay políticos que presumen resultados, otros gestión, y algunos que, cuando no hay mucho que mostrar, optan por lo más básico, su cara. En Chihuahua capital comenzó a aparecer una postal conocida y poco grata, espectaculares con el rostro del alcalde de Delicias, Jesús Valenciano.

Sí, de Delicias.
No de Chihuahua.

Y ahí es donde la historia deja de ser simple promoción para convertirse en descaro.

La capital amaneció tapizada con anuncios que no informan, no explican y no aportan nada a la vida pública de la ciudad. No hablan de programas, obras o beneficios. Solo muestran un rostro que ni siquiera corresponde al municipio donde se colocaron los espectaculares. Como si el paisaje urbano de Chihuahua fuera terreno neutro para ensayar aspiraciones personales.

Porque seamos claros, esos anuncios no buscan comunicar, buscan posicionar. Y en ese intento, lo único que logran es ensuciar, o como diría mi abuelito “empuercar visualmente la ciudad”.

Si no fuera por el trabajo constante del servicio de limpia y por las señoras que todos los días barren el frente de sus casas, Chihuahua estaría convertida en un álbum de vanidades políticas importadas de otros municipios. Ellas sí hacen ciudad. Sin presupuesto publicitario, sin asesores, sin reflectores.

Resulta paradójico que mientras se habla de orden urbano, respeto al espacio público y uso responsable de recursos, se normalice llenar la capital de espectaculares que no dejan nada salvo la imagen de un político que gobierna en otro lugar.

Si tanta necesidad hay de verse, ¿por qué no van y llenan de espectaculares la fachada de su propia casa?
Que tapicen su cochera, su barda, su sala. No la ciudad de los demás.

Porque ensuciar el paisaje urbano de un municipio que no gobiernan no es promoción, es invasión. Y usar calles ajenas para inflar el ego propio no habla de liderazgo, habla de ambición mal disimulada.
Si esos espectaculares tuvieran olor, el hedor a corrupción sería imposible de ocultar.

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La ley no es trampolín

La denuncia presentada por Alejandro Domínguez, dirigente estatal del PRI en Chihuahua, tiene varias aristas y más de un mensaje entre líneas. Algunos la leerán como una jugada política, otros como un aviso temprano rumbo al 2027. Pero hay una vertiente que merece ser subrayada y, sobre todo, aplaudida, la intención de frenar los actos anticipados de campaña.

Porque más allá de colores partidistas, lo que está en juego es algo elemental, el respeto a la ley y la ética en el ejercicio del poder público. No es menor que funcionarios en activo, con cargos de alta responsabilidad, estén utilizando su posición, y la exposición que esta les da, para promocionar su imagen personal como si ya estuviéramos en tiempos electorales “tramposillos” es lo que son.

El caso de Rafa Loera resulta particularmente delicado. Como secretario de Desarrollo Humano y Bien Común, su tarea debería estar completamente enfocada en llevar bienestar a la población, en atender carencias, en diseñar y ejecutar políticas públicas que impacten directamente en la vida de quienes más lo necesitan. No en repartir folletos con su rostro, no en construir una precampaña disfrazada de gestión.

La pregunta es inevitable, ¿en qué momento el servicio público dejó de ser una responsabilidad y se convirtió en un trampolín político? ¿Cómo se justifica que un funcionario, pagado con recursos públicos, dedique tiempo y esfuerzo a posicionar su nombre mientras hay comunidades con necesidades urgentes?

En ese sentido, el mensaje de Domínguez no va solo dirigido al Instituto Estatal Electoral. Va también a quienes creen que el cargo es una licencia para adelantarse, para marcar territorio, para saturar bardas y colonias con propaganda personal. Va a decirles que no todo se vale y que la competencia debe ser pareja, no desequilibrada por el uso del poder y la visibilidad institucional.

Chihuahua no necesita campañas adelantadas ni funcionarios distraídos en su futuro político. Necesita servidores públicos concentrados en su presente, cumpliendo con la encomienda que les fue conferida. Si alguien quiere hacer campaña, QUE RENUNCIE!! y salga a pedir el voto cuando la ley lo permita.

Frenar los actos anticipados de campaña no es un capricho ni un cálculo mezquino, es una condición mínima para la gobernabilidad y para la confianza ciudadana. En eso, guste o no, hay que decirlo con claridad… esa decisión se aplaude.

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Morenos siendo morenos en 3, 2, 1…

Ahí los tienen. Tres, dos, uno… coraje.
Los mismos que gritan “oligarca”, “neoliberal” y “enemigo del pueblo”, hoy andan con espuma en la boca porque Donald Trump invitó a Ricardo Salinas Pliego a cenar en la Casa Blanca.

De pronto, al empresario al que insultan todos los días en redes, al que señalan como símbolo del “mal”, resulta que lo reciben en Washington, juega golf en Florida y cena Navidad con el hombre que manda en Estados Unidos. Y claro, eso duele. Arde. Quema.

Porque mientras unos presumen discursos ideológicos, otros presumen visa, avión… y acceso. Y eso exhibe lo que más les molesta, que el mundo real no se gobierna con likes ni con consignas, sino con relaciones, poder y contactos.

Morenos siendo morenos, descalificando al capital en casa, pero soñando con la foto en el extranjero. El problema no es Salinas Pliego en la Casa Blanca; el problema es el espejo que les puso enfrente. Y ese reflejo, por más coraje que les dé, no se puede borrar.

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