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Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
23 de enero 2026

2026: el año del caos calculado, con México enmedio de reformas



2026, ese año en que  la revista “The Economist” pinta como un pastel de aniversario podrido: celebraciones americanas con velas que arden demasiado cerca de la pólvora, pastillas mágicas que adelgazan cuerpos pero engordan desigualdades, y un mundo que se derrite más rápido que un helado en el desierto de Chihuahua.

La revista británica, con su portada que parece un rompecabezas diseñado por un pesimista con resaca, no promete un apocalipsis nuclear –eso sería demasiado dramático–, sino un desorden lento y constante: Trump reordenando el tablero global como un niño con juguetes rotos, misiles que vuelan como confeti en una fiesta de fin del mundo, y un hielo polar que se evapora dejando conflictos por agua y rutas árticas.

Es el pronóstico de un año multipolar donde las normas viejas se rompen, las alianzas se rearruman y México, como siempre, termina pagando la cuenta con el sudor de su frontera. Porque, entiendan, en Juárez –esa ciudad que respira por dos países pero sangra por uno–, las predicciones de The Economist no son abstractas: son el tráfico en los puentes, la sequía en los campos y las reformas que prometen cielo pero entregan nubes tóxicas.

Tomemos el epicentro naranja: Trump 2.0, que The Economist ve como el eje disruptivo del año, celebrando los 250 años de independencia estadounidense con un puño levantado y disturbios sociales que parecen el preludio de una temporada violenta. En México, esto no es anécdota histórica; es el TMEC bajo revisión, ese tratado que en 2026 entra en su fase de renegociación obligatoria, donde el magnate del muro podría exigir aranceles por todo –desde autos chocolate hasta agua del Río Bravo–, disfrazados de “seguridad nacional”.

Sheinbaum, con su doctorado en física pero maestría en pragmatismo, ya se prepara: promete “diálogo respetuoso” mientras envía emisarios a Washington para que el nearshoring no se convierta en near-closure. Pero en Juárez, donde el 40% del PIB viene de maquilas que exportan a Texas, un Trump proteccionista significa despidos masivos, como los 27 mil que ya perdimos en 2025. ¿Creatividad mexicana? Claro, pero nadie en Palacio parece entender que negociar con un elefante no se hace con palabras suaves; se hace con colmillos afilados. El aviso es claro: 2026 será el año donde el vecino del norte nos recuerda que el T-MEC no es eterno, y Juárez, la puerta de entrada, podría terminar siendo la de salida para miles de empleos.

Y mientras el hielo se derrite en la portada –simbolizando un cambio climático que acelera sequías, olas de calor y migración forzada–, México se enfrenta a sus propias tormentas internas. The Economist alerta sobre conflictos por recursos escasos, y aquí eso se traduce en la reforma laboral de 40 horas, esa promesa de 2023 que en 2026 podría avanzar –o estancarse– en medio de presiones empresariales.

Sheinbaum, fiel a la 4T, la impulsa como bálsamo para el trabajador explotado: reducir la jornada de 48 a 40 horas semanales sin bajar salarios, con el argumento de “bienestar humano”. Pero en Juárez, donde las maquilas operan en turnos eternos para competir con China, esto no es utopía: es un rompecabezas que podría costar miles de plazas si las empresas optan por automatizar o migrar al sur. Los empresarios, con el CCE a la cabeza, claman “competitividad” y amenazan con litigios; los sindicatos, con la CTM reciclada, aplauden pero exigen que no sea solo para el sector formal. ¿Avance real? Posible, si el Congreso guinda lo empuja en febrero, pero con el TMEC revisándose, cualquier cambio laboral podría ser usado como excusa para aranceles.

En una ciudad que vive de ensamblar piezas para exportar, 40 horas suenan a sueño; la realidad es que nadie cuida al trabajador cuando el vecino amenaza con cerrar la fábrica.

La portada también flota pastillas adelgazantes como símbolo de un boom biotecnológico –fármacos GLP-1 más baratos y accesibles que podrían adelgazar a millones–, pero en México eso se cruza con la reforma electoral que Sheinbaum enviará en los próximos días, un paquete que promete “profundizar la democracia” pero huele a control centralizado.

The Economist ve un mundo polarizado con elecciones manipuladas, y aquí eso significa eliminar plurinominales, reducir financiamiento a partidos y, tal vez, fortalecer el INE morenista para 2027. Sheinbaum lo vende como “austeridad electoral”, pero en Juárez –donde la oposición panista sueña con recuperar la alcaldía–, esto no es abstracto: es un INE debilitado que podría inclinar la balanza hacia el guinda eterno, con menos contrapesos y más poder para Palacio.

¿Alertas? Sí: en un año de misiles y alianzas rotas, una reforma que centraliza el voto podría ser el misil interno que The Economist no vio, pero que México sentirá en carne propia. Nadie en el gobierno parece notar que “profundizar la democracia” a menudo significa cavar una trinchera para el poder en turno, y Juárez, con su historia de alternancias, podría pagar el precio en votos manipulados.

Al final, 2026 según The Economist es un rompecabezas de caos calculado: Trump reordenando alianzas con puños y misiles, hielo que se derrite dejando guerras por agua, pastillas que adelgazan cuerpos pero no desigualdades, y un EE.UU. polarizado celebrando 250 años en medio de disturbios. Para México, eso se traduce en un TMEC revisado con aranceles como espada de Damocles, una reforma laboral de 40 horas que promete alivio pero amenaza empleos, y una reforma electoral que “profundiza” la democracia pero huele a control eterno.

En Juárez, donde el desierto no perdona errores, estas predicciones no son lejanas: son el tráfico en los puentes, el desempleo en las maquilas, el voto que podría no contar. ¿Lúcida o pesimista? Ambas: el año que recién inicia no será apocalipsis, pero sí un desorden donde los débiles –como siempre– pagan el plato roto. Ojalá Sheinbaum lea la portada no como advertencia, sino como manual de supervivencia. Porque en esta frontera, las predicciones no se leen; se viven. Y Juárez, cansada pero en pie, no necesita más rompecabezas: necesita piezas que encajen.

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