Lo que brilla es el programa del destilichadero, que busca evitar los basureros improvisados formados por gente acomedida que da su humilde aportación dejando televisores, colchones e incluso sillones… todo muy solidario, pero en la banqueta ajena.
Lo que huele es que sea un problema recurrente, pues al parecer estos tiraderos ya son tan obligatorios en una colonia como la tienda de abarrotes o el vecino con bocina a todo volumen.
Lo que apesta es el foco de infección, los malos olores y los consumidores indeseados que se adueñan del lugar.

