En medio de las ruinas de Beit Lahiya, al norte de la Franja de Gaza, la educación se ha convertido en un acto de resistencia y supervivencia. Toulin al-Hindi, de siete años, es una de los 400 niños que han regresado a clases en la Escuela de Educación del Norte, una instalación improvisada con tiendas de plástico azul. Tras más de dos años de conflicto, los estudiantes se sientan en el suelo frío, utilizando cajas de madera como escritorios, mientras el sonido de las explosiones interrumpe sus lecciones de aritmética.
La cercanía de la “línea amarilla” impuesta por las fuerzas israelíes —a menos de mil metros de distancia— obliga a maestros y alumnos a seguir protocolos de emergencia constantes, enseñando a los pequeños a arrojarse al suelo al primer estruendo de disparos.
Pese al alto el fuego vigente desde octubre de 2025, la situación humanitaria sigue siendo crítica, con más de dos millones de personas confinadas en apenas un tercio del territorio original de la Franja. Desde que entró en vigor el acuerdo, se han registrado más de 440 muertes de palestinos y la cifra total de fallecidos desde el inicio de la guerra en 2023 ya supera los 71,400, según el Ministerio de Sanidad.
Las familias viven en un estado de angustia permanente; madres como Yasmine al-Ajouri instruyen a sus hijos a caminar rápido y buscar refugio en las paredes, mientras los colectivos de búsqueda continúan hallando osamentas en fosas clandestinas por todo el enclave. La reanudación de estas clases, aunque precaria, representa el único refugio frente al aburrimiento y el trauma de una generación que ha perdido años de formación académica bajo el asedio.

