Hay relaciones que no se rompen porque convengan, sino porque estorban. Y hay otras que, aunque tĂłxicas, sobreviven porque la agenda obliga a sentarse en la misma mesa, sonreĂr para la foto y guardar el cuchillo debajo del saco. AsĂ ha sido, desde hace años, la relaciĂłn entre Cruz PĂ©rez CuĂ©llar y Juan Carlos Loera.
No es nueva, no es sana y mucho menos es honesta. Se remonta a aquellos tiempos en que uno despachaba como senador y el otro como delegado del Bienestar, ambos orbitando alrededor del mismo sueño guajiro: ser gobernador de Chihuahua bajo las siglas de Morena. Una carrera que nunca fue pareja y que terminó resolviéndose, no en encuestas ni en consensos, sino con el viejo método del dedazo presidencial. Bastó un gesto desde Palacio Nacional para que el partido entendiera quién era “el bueno”. Spoiler: no ganó.
Desde entonces, Cruz y Loera se han cruzado más veces como rivales incĂłmodos que como aliados naturales. Coincidencias forzadas, encuentros tensos, diferencias que nunca se resolvieron y sonrisas que siempre parecieron impostadas. Ocho o nueve años de choques, silencios y facturas polĂticas no se borran con una foto oficial.
Ayer, sin embargo, tocó volver a actuar. En Santa Fe, Nuevo México, ambos aparecieron muy correctos, muy institucionales, participando en un encuentro binacional para hablar de cooperación académica, comercial y ambiental. Todo muy bonito. Todo muy diplomático. Todo muy falso.
AhĂ estaban los dos, posando como amigos de toda la vida, celebrando la hermandad fronteriza, mientras por dentro —uno puede apostar— se contenĂan las ganas de recordarse mutuamente el historial completo. Sonrisas amplias, dientes bien visibles y colmillos listos, por si hacĂa falta. PolĂtica pura: cordialidad de escaparate, rencor de fondo.
No fue un reencuentro, fue una coincidencia obligada. Dos morenistas compartiendo escenario, no proyecto. Amores difĂciles, de esos que no se olvidan porque nunca fueron reales.
Y mientras unos sonrĂen en Nuevo MĂ©xico, acá en Juárez la realidad es menos fotogĂ©nica. Ahora resulta que el municipio y la JMAS se deben dinero… mutuamente. SegĂşn el alcalde, el municipio debe alrededor de 20 millones de pesos por servicios, pero la JMAS arrastra un adeudo mucho más pesado: 270 millones. Entonces la pregunta es obligada y no es menor: ÂżcĂłmo llegamos a este enredo financiero entre entes pĂşblicos que, en teorĂa, trabajan para la misma ciudad?
Las deudas cruzadas no son solo un tema contable; son el reflejo de años de desorden, de convenios mal hechos, de responsabilidades pateadas y de una lógica muy mexicana: “yo te debo, pero tú me debes más”. Al final, nadie paga, nadie aclara y el ciudadano sigue recibiendo el servicio… a medias.
Pero no todo es simulaciĂłn ni pleito institucional. De vez en cuando, hay que decirlo, el municipio sĂ se pone a hacer la chamba. Vecinos organizados, autoridad actuando y un taller informal clausurado, con 18 autos retirados de la vĂa pĂşblica. Sin discursos, sin eventos binacionales, sin sonrisas forzadas. Simplemente trabajo.
Tal vez ahĂ está la lecciĂłn del dĂa: menos poses polĂticas, menos amores fingidos y menos pleitos administrativos; más orden, más calle y más autoridad que funcione. Porque al final, la ciudadanĂa no vive de fotos, vive de resultados.
