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Heroica ciudad de Chihuahua, Chih. México
18 de febrero 2026

Ley laxa, ambición sin vergüenza | Encuestas, la ilusión de certeza en un castillo de arena | El papelón que desnuda el verdadero rostro del poder | Otro botón del mismo traje

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Ley laxa, ambición sin vergüenza

En México, los actos anticipados de campaña existen… pero en el papel. En la práctica, son una frontera difusa, casi simbólica, que muchos aspirantes cruzan sin rubor. La ley es laxa, sí. Permite zonas grises, disfraces legales, simulaciones que convierten la promoción personal en “informes”, “mensajes ciudadanos” o “expresiones espontáneas”.

Pero que la ley sea blanda no obliga a nadie a ser cínico.

Lo que hoy vemos en la ciudad no es producto de la obligación, sino de la decisión. La decisión consciente de personajes de todos los partidos, con todos los colores y todos los discursos, de anteponer su ambición personal al respeto mínimo por el espacio público. Porque al final, no importa cómo se llamen, ni de qué lado digan estar, primero están ellos, después están ellos… y muy al final, si acaso, está la ciudad.

Las bardas pintadas, los espectaculares disfrazados, los mensajes “inocentes” que todos saben para qué son, no son otra cosa que la evidencia de una clase política que no espera los tiempos, porque tampoco respeta los límites.

Se aprovechan de una ley débil, sí. Pero más aún, se aprovechan de una sociedad que ya se acostumbró a ver el abuso como paisaje.

Han convertido la ciudad en un tablero de promoción personal. En un tiradero visual. En un cochinero donde cada quien marca su territorio, como si el espacio público fuera propiedad privada y no patrimonio de todos.

Y lo más revelador no es que lo hagan.

Es que lo hacen sin vergüenza.

Y si como precandidatos, sin poder formal, sin cargo y sin autoridad, son capaces de ensuciar, invadir y abusar del espacio público sin el menor pudor… imagínelos cuando tengan el poder completo en sus manos.

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Encuestas, la ilusión de certeza en un castillo de arena

Las encuestas se han convertido en el instrumento favorito de la política moderna. Son presentadas como fotografías objetivas del sentir ciudadano, como mediciones científicas que anticipan el futuro. Pero en la práctica, también son herramientas imperfectas, manipulables y, muchas veces, utilizadas más como propaganda que como información.

Ahí están los números. Una encuesta típica en una ciudad como Chihuahua suele levantarse con entre 400 y 600 entrevistas. Esto significa que el destino político de una ciudad de casi un millón de habitantes se pretende inferir a partir de la opinión de apenas el 0.04% al 0.06% de la población. Es legal, es estadísticamente válido bajo ciertos supuestos, pero también revela el primer gran límite, una minoría diminuta se convierte en la voz de todos.

Primer contra, el margen de error que cambia ganadores

Toda encuesta seria reconoce un margen de error de aproximadamente ±4% a ±5%. Esto significa que un candidato que aparece con 32% en realidad puede tener 27%, mientras otro que aparece con 28% puede tener en realidad 33%. Es decir, el que parece ir perdiendo, en realidad podría ir ganando.

El problema no es el margen de error. El problema es que los políticos presumen el número central, no la incertidumbre que lo rodea.

Segundo contra, el momento no es el destino

Las encuestas son fotografías, no predicciones. Reflejan lo que piensa la gente en un momento específico. Sin embargo, en México, más del 30% al 40% de los votantes decide su voto en las últimas semanas, e incluso días antes de la elección.

Esto significa que una encuesta levantada meses antes no mide el resultado final, mide apenas un instante. Pero ese instante es utilizado para construir narrativas de inevitabilidad.

Tercer contra, el efecto psicológico de “subirse al ganador”

Diversos estudios muestran que entre el 10% y el 15% de los votantes indecisos tienden a inclinarse por quien perciben como ganador, fenómeno conocido como efecto bandwagon.

Es decir; la encuesta no solo mide la realidad, también la altera.

Cuando un candidato presume encuestas, no siempre busca informar. Busca influir.

Cuarto contra, quien paga, también influye

Levantar una encuesta profesional puede costar entre 80 mil y 300 mil pesos, dependiendo del tamaño de la muestra y la metodología. Esto significa que no todos pueden pagarla, pero también significa que quien la paga, decide cuándo publicarla, cuál publicar y cuál guardar.

Las encuestas que no favorecen, rara vez ven la luz.

Las que favorecen, se convierten en espectaculares, boletines y propaganda.

Quinto contra, la ilusión de precisión en una sociedad cambiante

En una sociedad donde la desconfianza hacia la política supera el 60%, según múltiples mediciones nacionales, muchas personas mienten, evaden o simplemente no responden con sinceridad.

Esto introduce un factor invisible que ningún porcentaje puede corregir completamente.

Por eso, las encuestas no son inútiles. Pero tampoco son verdades absolutas.

Son herramientas limitadas, vulnerables al momento, al método, al dinero y al uso político.

Sirven para medir tendencias, no para coronar ganadores.

Porque al final, la única encuesta que importa no es la que se paga, ni la que se publica, ni la que se presume.

Es la que se vota.

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El papelón que desnuda el verdadero rostro del poder

Cuatro días. Cuatro largos días atrincherado en una oficina pública que no le pertenece, resistiéndose a aceptar lo que cualquier servidor público debería entender desde el primer día, el cargo no es suyo, es prestado. Marx Arriaga Navarro, ya exdirector general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, convirtió su destitución en un espectáculo penoso que retrata con precisión de qué están hechos algunos funcionarios federales.

No estamos hablando de un ciudadano común defendiendo su patrimonio. Estamos hablando de un burócrata que, tras recibir formalmente su destitución, optó por atrincherarse en instalaciones que son propiedad de todos los mexicanos. Un acto que no solo exhibe soberbia, sino una peligrosa confusión entre el servicio público y la propiedad personal del poder.

El mensaje es devastador, cuando el discurso se les acaba, lo único que queda es la resistencia infantil a soltar el escritorio. Porque el verdadero compromiso con las instituciones no se demuestra cuando se llega al cargo, sino cuando se tiene que dejar.

La llegada de Nadia López García como relevo institucional debió ser un proceso administrativo ordinario. Sin embargo, terminó evidenciando algo mucho más profundo, la incapacidad de algunos para entender que el poder no es eterno, que los cargos no son trincheras y que las instituciones están por encima de los egos.

Este episodio no es menor. Es el reflejo de una cultura política donde algunos funcionarios hablan de transformación, pero actúan con los mismos vicios de siempre, apego al puesto, desprecio por las formas y una resistencia visceral a rendir cuentas o asumir consecuencias.

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Otro botón del mismo traje

El papelón de Marx Arriaga, atrincherado durante cuatro días en una oficina que no le pertenecía, no fue un hecho aislado. Fue un síntoma. La evidencia de que para algunos, el poder no es una responsabilidad temporal, sino una propiedad personal que se resiste a ser entregada incluso cuando la ley ya habló.

Esa misma lógica se refleja en declaraciones de Gerardo Fernández Noroña, quien habla de que Morena gobernará durante décadas, como si el futuro político de México fuera una concesión hereditaria y no una decisión que le corresponde únicamente a los ciudadanos. No es una frase menor. Es la confirmación de una mentalidad donde el poder se asume como permanente y el país como territorio propio.

Cuando un funcionario se atrinchera para no soltar el cargo, y otro habla como si el poder les perteneciera por derecho, queda claro que el problema no es el puesto, es la concepción que tienen del mismo.

Porque en una democracia, los cargos son prestados. Pero hay quienes, desde el poder, actúan como si fueran dueños.

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