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9 de septiembre 2026
8:20 am

M O R E N A “QUE SEPAN VOTAR… AUNQUE NO SEPAN MATEMÁTICAS”

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M O R E N A “QUE SEPAN VOTAR… AUNQUE NO SEPAN MATEMÁTICAS”

Si alguien todavía dudaba de que a este gobierno le conviene tener ciudadanos menos preparados, menos competitivos, menos críticos y, por consecuencia, más fáciles de convencer, puede ir despejando la duda.

Porque, visto lo visto, todo les está saliendo a la perfección, hace tiempo se volvió viral aquella escena en Palacio Nacional en la que una maestra, tratando de explicar las bondades del nuevo modelo educativo, comenzó a bailar y a representar, casi en tono de burla, al estudiante que presume frente a otro:

“Yo sí sé, yo me saco diez y tú te sacaste cinco…”

La intención era cuestionar una educación basada en la competencia y el individualismo y defender un modelo donde prevalecieran la comunidad, la solidaridad y el trabajo colectivo.

Y aclaramos, enseñar solidaridad está bien. Enseñar a un niño que sacar diez no le da derecho a humillar al compañero que obtuvo cinco también está bien.

Pero existe una diferencia enorme entre combatir la arrogancia y combatir la excelencia, mientras discutimos si está mal que un niño presuma un diez, México tiene enfrente un problema muchísimo más grave, nuestros estudiantes están teniendo enormes dificultades para alcanzar siquiera los niveles básicos de matemáticas y comprensión lectora. LO DICE  PISA.

En la evaluación PISA 2022, México obtuvo 395 puntos en matemáticas frente a 472 del promedio de la OCDE. En lectura obtuvo 415 frente a 476.

Pero los puntos quizá no dicen tanto como esto: 66% de los estudiantes mexicanos evaluados quedó por debajo del nivel básico de competencia en matemáticas.

Dos de cada tres.

Y en lectura, 47% quedó por debajo del nivel básico. Prácticamente uno de cada dos.

Solamente 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico en matemáticas, frente a 69% en promedio entre los países de la OCDE.

Y apenas 53% alcanzó ese mínimo en lectura, contra 74% de la OCDE.
Eso ya no es un foco amarillo. Es una maldita alarma.

Los resultados de PISA 2025 vuelven a colocar a México por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Peor aún, el desempeño mexicano en matemáticas volvió a disminuir respecto de 2022.

Entonces volvamos a aquella maestra bailando y burlándose del:

“Yo saqué diez y tú sacaste cinco”.

¿De verdad ése es nuestro problema?
¿Tenemos demasiados niños sacando diez?
¿Nuestro gran problema educativo es un exceso de excelencia?

Porque los números internacionales parecen decir exactamente lo contrario. Tenemos un país donde una enorme proporción de adolescentes tiene dificultades para comprender adecuadamente lo que lee y para utilizar las matemáticas incluso en situaciones relativamente sencillas.

Y ante semejante realidad, pareciera que queremos discutir cómo quitarle importancia a la competencia. No! Deberíamos estar obsesionados con mejorar.

Deberíamos estar preguntándonos cómo conseguir que el alumno que obtiene cinco llegue a seis, después a ocho y finalmente, ¿por qué no?, a diez.

No queremos que humille al compañero, queremos que el compañero también llegue al diez.
Eso debería significar igualdad educativa.

Podemos quitar la competencia del salón de clases, pero no podemos quitarla de la vida; cuando ese muchacho quiera entrar a una universidad, habrá lugares limitados; cuando quiera conseguir una beca, habrá otros estudiantes solicitándola; cuando quiera estudiar un posgrado, habrá requisitos; cuando quiera ingresar a determinada carrera, tendrá que demostrar conocimientos, y cuando salga a buscar empleo, descubrirá algo todavía más incómodo:

•El mercado laboral sí califica.

•Ahí no existe el pase automático.

•Una empresa comparará candidatos.

•Uno hablará inglés.

•Otro dominará herramientas digitales.

•Otro tendrá mayor capacidad matemática.

•Otro comprenderá mejor instrucciones complejas.

•Otro sabrá utilizar inteligencia artificial.

•Otro podrá analizar información.

•Otro tendrá mayor preparación técnica.

•Y alguno se quedará con el puesto.

A eso se le llama competencia aquí y en China

Además nuestros jóvenes ya ni siquiera compiten solamente contra otros mexicanos, hoy compiten contra el mundo. La tecnología, el trabajo remoto, la automatización y la inteligencia artificial están transformando el mercado laboral.

Un joven mexicano puede competir mañana por una oportunidad contra otro de Estados Unidos, India, China, Corea, Canadá o Alemania.

Y mientras otros países preparan estudiantes con niveles extraordinarios de matemáticas, ciencias y comprensión lectora, nosotros seguimos preguntándonos si exigir demasiado puede resultar excluyente.

Ahí está la verdadera tragedia, porque además los primeros perjudicados por una educación mediocre no son los ricos, el hijo de una familia con recursos puede ir a una escuela privada, toma clases de inglés, puede pagar regularización, sus papás le contratan un maestro de matemáticas, puede estudiar programación, puede viajar, puede pagar una universidad, Incluso estudiar en el extranjero ¿Pero qué pasa con el hijo del obrero? ¿Con el hijo de la madre soltera? ¿Con el muchacho de una colonia popular?
Para ellos, la escuela pública puede ser la principal herramienta para cambiar su futuro. Por eso reducir la exigencia en nombre de la igualdad puede terminar produciendo exactamente lo contrario: más desigualdad.

Porque el joven con dinero compensará afuera de la escuela lo que la escuela no le enseñó.

El joven pobre no podrá hacerlo.

Y después los dos llegarán a competir por la misma universidad, la misma beca o el mismo empleo.

Uno llegará con conocimientos.

El otro quizá llegará solamente con un certificado.

Y un certificado sin conocimientos sirve de muy poco.

Por eso deberíamos preocuparnos cuando vemos calificaciones reprobatorias y la respuesta parece ser reducir la importancia de las calificaciones.

El cinco no debería desaparecer, lo que debería desaparecer es la razón por la cual ese niño obtuvo cinco; hay que descubrir por qué no aprendió y despues hay que enseñárselo.

Pero existe todavía otra consecuencia mucho más delicada, un país con problemas de comprensión lectora no solamente tiene problemas educativos, tiene problemas democráticos. Porque comprender lo que se lee sirve para analizar un contrato, para entender una deuda, para comparar propuestas, para interpretar una noticia, para detectar una mentira,  para revisar las cifras de un gobierno, para distinguir entre propaganda e información.

Y las matemáticas tampoco sirven únicamente para resolver ecuaciones, sirven para entender porcentajes, tasas de interés, inflación, salarios, presupuestos, encuestas y estadísticas.

Es decir, leer y entender matemáticas también sirven para que no te engañen.

Un ciudadano preparado pregunta.
Un ciudadano preparado compara.
Un ciudadano preparado cuestiona.
Un ciudadano preparado escucha a un político decir que algo aumentó 30% y pregunta: “¿30% respecto de qué?”
Un ciudadano preparado escucha una cifra y busca otra fuente.
Un ciudadano preparado no acepta cualquier explicación simplemente porque alguien la repita desde un micrófono.
Y ése es precisamente el ciudadano que cualquier gobierno debería querer formar… aunque también sea el ciudadano más incómodo para cualquier gobierno.

Por eso la discusión sobre aquella maestra bailando es mucho más profunda que un video viral.

No se trata del baile.

No se trata siquiera de aquella frase del diez contra el cinco.

Se trata de decidir qué país queremos construir, uno que considere la excelencia como algo sospechoso o uno que ayude a todos sus niños a alcanzarla.

Porque mientras nosotros discutimos si competir es bueno o malo, PISA nos está diciendo algo mucho más elemental, primero necesitamos aprender, los datos son demoledores.

Dos de cada tres estudiantes mexicanos evaluados en PISA 2022 no alcanzaron el nivel básico en matemáticas.

Casi uno de cada dos tampoco lo alcanzó en lectura.

Y ahora PISA 2025 vuelve a colocar a México por debajo del promedio de la OCDE. Así que quizá deberíamos dejar de preocuparnos tanto porque un niño saque diez. Nuestro problema es exactamente el contrario.

Necesitamos muchos más niños capaces de sacar diez.
Muchos más que comprendan lo que leen.
Muchos más que dominen las matemáticas.
Muchos más que estudien ciencias.
Muchos más que aprendan idiomas y tecnología.
Muchos más preparados para competir.
Y, sobre todo, muchos más preparados para pensar.

Porque si alguien todavía sospechaba que mantener una población menos preparada, menos exigente y menos crítica termina facilitándole las cosas al poder, basta observar hacia dónde estamos caminando.

Si ése era el objetivo, entonces habrá que reconocerlo, todo les está saliendo a la perfección. Lo verdaderamente terrible es que la factura no la pagarán quienes diseñaron el modelo.

La pagarán nuestros hijos cuando tengan que salir a competir contra un mundo al que nadie le dijo que dejara de sacar diez.

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