
No hubo sorpresas. La lista había sido depurada entre sábado y domingo. Decisión de Gerardo Martino y su cuerpo técnico, y asentimientos de Yon de Luisa, presidente de la FMF, y Jaime Ordiales, director de Selecciones Nacionales. Cero argumentaciones y acaso una que otra explicación.
Una nómina mundialista que, como todas, en la jerga popular, se apega a la recurrente sentencia de que “ni están todo los que son, ni son todos los que están”.
En esta encerrona en Girona, en este lujoso monasterio de la reconversión y la reconvención, ciertamente, El Tata ha intentado poner a punto, en su mejor tono posible, al grupo de privilegiados, mientras cortaba el cordón umbilical, ya hecho jirones, con Erick Sánchez, Jesús Angulo, Santi Giménez y Diego Lainez.
Gerardo Martino ha dejado en claro el filtro para su elección y su selección. Lleva a los jugadores que necesita y en los cuales ha percibido que serán capaces de morderse el alma al salir a la cancha. “Que sean dignos de una selección nacional y de un Mundial”. Sin embargo, recortó a dos que ha considerado guerreros: Lainez y Giménez.
Algo es evidente: El Tata espera que el advenimiento mundialista, al pisar Qatar, transforme a esos mismos jugadores a los que acusó reiteradamente o de “no tener intensidad” o “de perder intensidad” o “faltos de intensidad”.
En momentos críticos, como ante Estados Unidos y Canadá, Martino lanzó la piedra y levantó la mano acusadora. No se había sido inferior por no saber o por no poder, sino estrictamente por dejar de querer. Una fuga de testosterona, una evasión de responsabilidades.
Eso, lo sabe él, y finalmente deben saberlo sus elegidos, en una Copa del Mundo, es un acto de renuncia, de deserción, de suicidio individual y genocidio del colectivo.
Intensidad en futbol, se traduce simplemente en querer siempre tener un protagonismo espiritual superior al rival. Y entonces, a partir de ahí, estrictamente, dejar que la calidad individual escriba la historia.
Es decir, perder ante quienes realmente son mejores, pero no perder por renunciar a intentar ser los mejores. Y ese ha sido un síndrome endémico del Tri en sus últimos 46 partidos, la renuncia, la deserción consciente o inconsciente.
En tanto, el técnico daba el diagnóstico, pero no encontraba cura. Y en esos 46 partidos, algunos, pocos, con un buen nivel de futbol, las buenas intenciones en el pizarrón y en los entrenamientos, se extinguían. Surgían los egoísmos, la desesperación. La Selección Mexicana se convertía en una Torre de Babel, todos hablando un idioma distinto en la cancha.
Obviamente ha sido incompleta porque sus referentes en clubes de Europa tenían misiones pendientes en sus ligas.
Sin embargo, ha trabajado de lleno con el grupo que pretende presentar ante Suecia este miércoles. En media cancha se empeña en consolidar la sociedad entre Charly Rodríguez, Héctor Herrera y Luis Chávez, enviando a Edson Álvarez a la banca ante Polonia. Adelante seguirá ensayando, ahora con Alexis Vega y Funes Mori de inicio y Henry Martín de cambio, sabiendo que la tercera posición de ataque la reservará para Hirving Lozano, quien tuvo un cierre fastuoso con el Nápoli. (Fuente ESPN)