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H. Cd. de Chihuahua.- La velocidad y el asfalto de Cuauhtémoc volvieron a cobrar una factura carísima, esta vez llevándose la vida de un motociclista que no pudo ganar la carrera contra el destino.
El impacto fue tan violento que el casco y la pericia no sirvieron de nada frente a la inercia de la tragedia, dejando el cuerpo del piloto tendido sobre el pavimento como un mudo testimonio de los riesgos de las dos ruedas.
Parece que en las carreteras de la manzana, la muerte viaja a la par de los motores, esperando el más mínimo descuido para bajar la bandera de cuadros definitiva.
(En Blanco y Negro)

